Cruz, cristo Harold Cortés

Jesucristo: nuestro mediador ante el Padre por nuestros pecados

Si bien es cierto que la fe cristiana demanda un sacrificio de parte del creyente para vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, también es cierto que, en esta vida, mientras exista un pecado residual en la carne, el cristiano puede cometer pecados que le aparten de las bendiciones inmerecidas que Dios da a los que le temen.

La Palabra es enfática en aclarar que, “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Jn. 1:8).

Por otra parte, las Escrituras también invitan a estar persuadidos de que “el que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6).

Al leer estos pasajes, se advierte que el creyente verdadero puede (y de hecho lo hace) cometer pecado, pero a su vez indica que el cristiano está en un proceso de santificación y perfeccionamiento constante, por medio de la obra de uno que fue en todo sin pecado: Jesucristo.

¿Cómo entender adecuadamente la relación entre el pecado residual del creyente y la obra intercesora de Cristo a su favor? La Biblia da una gran noticia: cuando el creyente que ha pecado dice: “!Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7:24), al instante puede mirar a la cruz de nuestro Señor y afirmar: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (vs. 25).

Jesucristo: nuestro camino al Padre

La Biblia enseña que Jesucristo es mediador e intercesor por el creyente ante el Padre, y que por tanto no está desamparado en el proceso de ser perdonado por el Dios tres veces santo.

Existen muchos pasajes que hablan de este precioso oficio de Cristo como mediador entre Dios y los hombres. En cierta ocasión, Jesús se refirió a este oficio al decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí” (Juan 14:6).

Aquí el texto apunta a que Cristo es el único que puede conducir al creyente a una verdadera relación de amor con Dios, debido a que Él es el único capaz de capacitarle para ello al hacerlo justo por su propia obra expiatoria.

Pero, ¿cómo es que Cristo abrió un camino hacia el santo Padre? 1 Timoteo 2:5 da una primera pista: “Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”.

“Cristo es el único que puede conducir al creyente a una verdadera relación de amor con Dios”.

Este pasaje enseña que Cristo pudo ser mediador entre Dios y los hombres, en primer lugar, porque él también fue hombre, de la misma estirpe y linaje, pero sin pecado.

Para que nuestro Señor pudiese acercarnos al trono celestial debía ser un ser humano en todo el sentido de la palabra, pues si es el ser humano el que está separado de Dios a causa de su pecado, no podían los sacrificios de animales servir de puente al trono celestial.

De acuerdo con Pablo, Jesucristo pudo ejercer este oficio porque en todo fue semejante a nosotros (Filipenses 2:7), configurándose como un verdadero (y nuevo) representante de toda la raza humana. Como afirmó el Apóstol, Jesucristo es el nuevo Adán, cabeza federal del ser humano (1 Co.15:45).

Jesucristo: nuestro fiel sumo sacerdote

La segunda pista para entender cómo Cristo es mediador ante el Padre por los pecados de los escogidos se haya en que Él fue un sacerdote ideal para presentarlos delante de Dios e interceder por ellos.

Hebreos 7:26-27 afirma: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo”.

Si bien los sacerdotes del Antiguo Testamento debían primero sacrificar corderos por sus propios pecados para luego presentar ofrenda por el pueblo, en Cristo se observa a un sacerdote que no tuvo necesidad de purificarse a sí mismo antes de presentar expiación por el pecado de sus escogidos.

En ese sentido, la obra de Cristo es mucho mayor que la que realizaban los sacerdotes del antiguo Israel, puesto que sólo bastó ejecutar un gran sacrificio de una vez y para siempre.

Así las cosas, la obra de este sacerdote eterno es suficiente para actuar a favor del pecado de los creyentes verdaderos, pues fue santo. En este sentido, vale la pena tener en cuanta que nadie, sea familiar, amigo, cónyuge o ser espiritual puede actuar a favor del pecador o rescatarlo, pues el único y completamente perfecto es el Señor.

Jesucristo: nuestro sacrificio perfecto

La tercera y última pista para entender de qué manera Cristo ejerce este oficio como mediador es su vida de obediencia perfecta a las demandas de la ley de Dios.

2 Corintios 5:21 afirma que: “al que no conoció pecado [Jesucristo], por nosotros [Dios] lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (énfasis añadido).

En otras palabras, Cristo es el camino al Padre y el intercesor por los pecados de su pueblo debido a su vida de obediencia perfecta a la Ley, lo que le permitió justificar al pecador de toda su maldad.

“La obediencia perfecta de Cristo a las demandas de Dios fue puesta a favor de los creyentes, para ser ‘hechos justicia de Dios en Él'”.

En este sentido, es interesante notar que no sólo los pecados de los escogidos fueron puestos a la cuenta de Jesucristo —ciertamente Él cargó todas nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores (Is. 53:4)—, sino que su justicia perfecta a las demandas de Dios fue puesta a favor de los creyentes, para ser “hechos justicia de Dios en Él”.

Es por eso que se puede afirmar que Jesucristo no sólo es mediador entre Dios y los hombres, sino también el cordero que asumió la culpabilidad humana, para luego imputar su justicia perfecta a favor del pecador, redimiéndolo de la maldición de la Ley y acercándolo al trono celestial (ver Jn. 12:32).

La fidelidad y justicia de Dios al perdonar al pecador

Este artículo inició con una afirmación del Apóstol Juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Jn. 1:8). Sin embargo, un versículo después, afirma: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (vs. 9).

Si se lee este texto con sumo detalle, se puede argumentar que, de ninguna manera, Dios es justo al pasar por alto el pecado del ser humano (Nm. 14:18). Tampoco podríamos decir que Él es fiel, puesto que Él ha prometido castigar a todo aquel que comete maldad (Dt. 32:35).

“Dios permanece fiel a sus promesas, siempre que depositemos nuestra fe en el Hijo”.

Con todo, el beneficio que tiene el creyente a su favor al poner su fe sólo en Jesús es inmenso. Juan 3:16 afirma que Dios el Padre envió a su Hijo unigénito para que “todo aquél que en el cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Lo que se debe notar aquí es la promesa: Dios salvará a los que creen en su Hijo. Por tanto, el cristiano tiene un ancla en la cual descansar: que Dios permanece fiel a sus promesas, siempre que depositemos nuestra fe en el Hijo.

De allí que, si el cristiano ha pecado, pero confiesa su maldad ante Jesucristo, puede tener la seguridad de que, debido a la obra preciosa de Cristo en la cruz a su favor, y gracias a su intercesión constante, El Padre “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.

Por otra parte, si una persona no deposita su fe en Cristo para recibir los beneficios de su obra expiatoria, Dios será fiel y justo para castigar la iniquidad.

A manera de conclusión

En suma, Cristo ha garantizado (por su obediencia y sacrificio perfecto) una intercesión constante a nuestro favor (Ro. 8:34).

Esta obra es tan perfecta, que ahora el creyente puede decir junto con Pablo que “ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ro. 8:38-39).

Siempre que el cristiano genuino pase por momentos de adversidad y esté sumido en el pecado, puede estar seguro de que, si confiesa su pecado, el Señor le restaurará, pues el que comenzó la buena obra, la perfeccionará hasta su segunda venida.