¿Pueden los cristianos tatuarse (sin cometer pecado)?

La discusión sobre si un cristiano puede tatuarse sin incurrir en pecado ha crecido en los últimos años. Si bien es cierto que esta práctica se viene desarrollando desde tiempos antiguos, lo cierto es que en la actualidad se ha convertido en una moda que miles de personas han asumido como parte de la cultura posmoderna, pero que está lejos del estándar divino para la glorificar a Dios con todo nuestro ser.

Como es de esperarse, esta ‘moda’ ha llegado a la iglesia para tocar la puerta de los grupos juveniles. Las congregaciones están asumiendo no sólo la formación teológica de sus feligreses, sino también la exhortación a las nuevas generaciones para que se asemejen menos al mundo y más a Cristo.

Tres perspectivas erradas

Existen al menos tres dificultades asociadas con la práctica de tatuarse el cuerpo. La primera es que los jóvenes asumen que el cuerpo es algo que les pertenece, y que pueden utilizar y disponer como mejor les parece.

Se ha vuelto común entre los grupos de adolescentes debatir hasta qué punto los padres deben inmiscuirse en el desarrollo de la personalidad de sus hijos o, incluso, qué tanta influencia debería ejercer el pastor de la congregación sobre la forma de comportarse de sus miembros.

Frente a este punto, el argumento más preponderante es que, dado que tatuarse no afecta a otros de forma directa o indirecta, resulta exagerado pensar que hacerlo es un pecado que merezca disciplina eclesiástica. Quienes piensan así, asumen que “todo es lícito” (para usar el lenguaje de Pablo en 1 Co. 10:23) mientras que no afecte la vida de los demás.

Segundo, es un hecho que el cuerpo ha llegado a ser otra extensión comunicativa de la identidad del joven posmoderno, y tanto sus miembros como los símbolos que se tatúan en ellos llegan a ser fuertes representaciones del carácter (o identidad) de cada uno.

Al preguntarle a un joven de la congregación por qué quiere tatuarse, por lo general afirma que dicho símbolo está estrechamente ligado con su identidad, lo que involucra su pasado o la estética.

“Estos tatuajes que van desde animales, objetos religiosos o frases, son asumidos por los jóvenes como una parte indisoluble de sí mismos y su identidad”.

Según Lara Pacheco, especialista en psicología, “en muchos casos, es más frecuente que las mujeres se hagan tatuajes en busca del enriquecimiento estético del propio cuerpo, mientras que los hombres suelen hacerlo movidos por la pertenencia a un grupo social”.[1]

Sheila Estévez Vallejo, experta en el tema de identidad, asegura que uno de los grandes atractivos de los tatuajes es que puede hacernos “sentir únicos, autodefinirnos, diferentes, o que nos puede ayudar a enmarcar un rasgo de personalidad, una creencia o unos valores”[2].

A su vez, Estévez afirma que otro motivo por el que los jóvenes deciden tatuarse es por una “respuesta a un daño emocional vivido; “el tatuaje es parte de aceptación de ese daño y resultado del proceso de resiliencia o de superación”[3], apunta. Así pues, el tema de los tatuajes en el joven cristiano es en realidad un asunto estrechamente ligado con la espiritualidad: el pasado, los traumas, la identidad, etc.

Tercero, afirman los chicos que la Biblia no presenta una restricción explícita en el Nuevo Testamento que logre redargüirlos de esta práctica. Si bien es cierto que es el Antiguo Testamento el que ofrece una clara ordenanza de parte de Dios para los ciudadanos judíos, lo cierto es que muchos intérpretes modernos han asegurado que esta restricción hacía parte de la ley ceremonial (no moral) del pueblo, y que por tanto no es necesario asumirla como una norma de fe y práctica hoy.

Todo lo anterior hace que el tema de tatuarse el cuerpo sea más complejo de lo que parece. Sin embargo, hay suficientes argumentos para afirmar que Dios se complace de un cristiano apartado (santo) del mundo, y esto implica una actitud radical frente a los tatuajes.

Tres argumentos bíblicos

La primera perspectiva que el joven cristiano debe conocer es que el cuerpo no le pertenece al que lo tiene, sino al que lo creó.

Colosenses 1:16 afirma: “Porque en [Cristo] fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él”.

“El ser humano fue creado para la gloria de la alabanza de su creador, pues fue hecho a su imagen y semejanza (Gn. 1:26, 27)”.

Y esto es más cierto con respecto al creyente, que no sólo subsiste por (y para) Dios, sino que ahora su cuerpo ha llegado a ser templo del Espíritu Santo (1 Co. 6:19). Notemos la manera en la que Pablo hace una pregunta a los cristianos corintios en el versículo citado: “¿O ignoráis […] que no sois vuestros?”. El creyente no es de sí mismo; toda su vida le pertenece a Dios.

En segundo lugar, los tatuajes tienen una historia particular, que se remonta a las civilizaciones que ofrecían culto religioso a ídolos paganos.

Por ejemplo, la palabra tatuar viene del vocablo tatau, el cual significa marcar algo. “Se cree que los polinesios o maoríes lucían tatuajes con fines ceremoniosos, religiosos y bélicos, si bien estos también exportarían su arte hasta los actuales Estados Unidos antes de la colonización”.[4]

Esta práctica, que se popularizó entre los marineros colonizadores del siglo XVIII, se instaló en varios países del mundo y en sus culturas, tanto que, en la actualidad, millones de personas portan un tatuaje en algún miembro de su cuerpo. Entender este origen nos ayuda a comprender por qué Dios prohibió a los israelitas tatuarse.

En el libro de Levítico, el Señor ordenó: “Y no haréis rasguños en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros señal alguna. Yo Jehová” (Lv. 19:28).

El propósito de esta ordenanza es que Israel debía ser un pueblo apartado (santo), que pudiera modelar la clase de humanidad que Dios quería: una que tiene su identidad anclada en Él.[5]

Ahora bien, si tenemos en cuenta que la Iglesia ha venido a ser parte del pueblo de Dios (Ro. 9:25, cf. Os. 2:23), entonces es lógico pensar que cada miembro está llamado a ser un pueblo santo (apartado del mundo) en cada época de la historia.

La ordenanza de no tatuarse implicaba ser diferente del mundo, y en esto el Nuevo Testamento tiene mucho que enseñar. 3 Juan 1:11, por poner un ejemplo, dice que no debemos imitar lo malo, sino lo bueno. También, en 1 Juan 2:15, el apóstol dice que no amemos al mundo, “porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”. Esto, en efecto, incluye toda pretensión estética y de identidad.

“Cuando un creyente está seguro de su identidad en Cristo, y su meta es ser conformado a la imagen del Hijo (Ro. 8:29), procurará que su cuerpo exhiba esa necesidad de glorificar sólo a su creador”.

En suma, el posmodernismo le ha hecho creer a los jóvenes cristianos que deben buscar su identidad en las cosas del mundo, y que su cuerpo les pertenece a ellos y no a Dios. No obstante, la Biblia es clara en afirmar que cada uno le pertenece a su creador, y que el hombre y la mujer regenerados deben usar todo su ser para glorificarle (Dt. 6:5), como cuerpo unificado de Cristo aquí en la tierra.