¿Cuándo y cómo surgió la idea de conformar un Canon de las Escrituras?

La conformación de la lista de los 66 libros de la Biblia tiene una historia particular que se remonta al siglo II, periodo en el que una corriente de pensamiento estaba tomando gran fuerza al interior de las comunidades cristianas del imperio romano: el gnosticismo.

Conocer las causas que motivaron a la iglesia naciente a compilar lo que se conoce como el canon de las Escrituras es de suma importancia para entender dos cosas: por una parte, cómo la providencia de Dios ha estado presente en todos los asuntos del cuerpo de Cristo, preservando su Palabra aun en los momentos de mayor engaño e idolatría; segundo, que la Biblia, como la Palabra de Dios inspirada, ha gozado de plena autoridad para dirigir los asuntos de fe y práctica de la iglesia a través toda la historia de la humanidad.

En este ensayo se divide en cuatro secciones. En la primera, expondré en qué consistió el gnosticismo y por qué representó en una seria amenaza para la iglesia del siglo I y II. Luego, explicaré cómo se conformó el canon de las Escrituras y qué desafíos enfrentó la iglesia en su proceso de defender la fe del gnosticismo y marcionismo de la época.

En la tercera sección daré una reflexión sobre la importancia de la conformación del canon para la historia del cristianismo y, por último, haré una aplicación práctica de este hecho histórico para la iglesia de nuestros tiempos, basado en el caso de Gnosis, una secta de origen colombiana.

Embed from Getty Images

Gnosticismo: una amenaza latente para la iglesia del siglo II

La historia de cómo llegamos a los 66 libros de nuestras Biblias tiene su origen en el primer y segundo siglo, debido a las controversias que suscitó al interior de la iglesia una corriente de pensamiento conocida como gnosticismo.

El gnosticismo es un término que viene del griego gnosis, que significa conocimiento. Se trata de un movimiento religioso de los primeros siglos de la era cristiana, considerado herético por la Iglesia Católica Antigua, y cuyas raíces vienen del helenismo grecorromano. De acuerdo con el Nuevo diccionario de religiones, denominaciones y sectas, los seguidores de esta corriente insistían en que la salvación se alcanza mediante una sabiduría o conocimiento secreto. “Proclamaban el conocimiento superior basado, especialmente, en principios filosóficos, misterios de iniciación, ciertas doctrinas cristianas y elementos de magia”[1].

La razón por la cual esta doctrina fue tan peligrosa para la cristiandad es que su principal preocupación tenía que ver con la vida después de la muerte. Basados en distintas posturas doctrinales que circulaban por las calles romanas, los gnósticos creían que todo lo que fuese materia era malo, en otras palabras, enseñaban que el ser humano es “un espíritu eterno que de algún modo ha quedado encarcelado en este cuerpo”[2].

Puesto que el cuerpo es la cárcel del espíritu, y ya que nos oculta nuestra verdadera naturaleza, los gnósticos aseguraban que el cuerpo es maléfico. De allí que el objetivo último de los seguidores de este sistema de pensamiento era escapar del cuerpo y del mundo material en el que estamos exiliados, para darle verdadera libertad al espíritu. Para lograrlo, dependían de un conocimiento secreto que abría las puertas del mundo espiritual, el cual era comunicado por un mensajero enviado del más allá.

Aunque el gnosticismo es una herejía evidente para el cristianismo, estas enseñanzas sonaron fuerte al interior de las iglesias del primer y segundo siglo porque, según ellos, lo que Cristo ha hecho por la humanidad es venir a la tierra para recordarnos nuestro origen celestial y para darnos el conocimiento secreto sin el cual no podríamos regresar a las moradas espirituales.

A su vez, puesto que Cristo es el mensajero celestial y, dado que la materia es mala, para los gnósticos el mesías no podía haber tenido cuerpo como el nuestro, sino que el mismo era una apariencia fantasmal similar a un cuerpo físico. Como consecuencia, los gnósticos empezaron a difundir la idea de que el nacimiento virginal de Cristo, su muerte y resurrección nunca ocurrieron y que, debido a que el cuerpo era malo, los cristianos o debían autoflagelar su carne para liberar el espíritu o dar rienda suelta al pecado pues lo que en realidad perduraba para siempre era el espíritu.

Marción: el falso maestro que se opuso a la inspiración de las Escrituras

A pesar de que en un principio conoció la fe cristiana, Marción, originario del Ponto e hijo de un obispo de Sinope, llegó a convertirse en un influyente maestro de algunas corrientes gnósticas, hacia el año 144. Como los gnósticos, Marción pensaba que el mundo era malo, y que por lo tanto su creador debía ser un dios, sino malo, al menos ignorante.

De acuerdo con este pensador, el Dios del Nuevo Testamento y Padre de Jesucristo no es el mismo Jehová descrito en el Antiguo Testamento. Marción señaló que fue Jehová quien hizo este mundo, mientras que “el propósito del Padre no era que hubiera un mundo como este, con todas sus imperfecciones, sino que hubiera un mundo puramente espiritual”[3].

Siguiendo con este argumento, este maestro declaró lo que sería el punto de partida para la construcción del Canon por parte de la iglesia: que el Antiguo Testamento es palabra de dios, pero no del Dios supremo, sino del dios inferior (Jehová), un dios celoso y arbitrario que lleva la cuenta de la maldad de los seres humanos para tomar venganza. Por su parte, al Dios supremo y Padre de Jesucristo se le consideró un ser de bondad y de gracia, que no establece leyes, sino que nos invita a amarle.

Este pensamiento supuso un problema para la fe cristiana, pues el monoteísmo hebreo, es decir, todos y cada uno de los libros del Antiguo Testamento, eran el fundamento del cristianismo por el que Cristo había muerto en la cruz, y este hombre, en su afán por validar sus argumentos, llegó a decir que el Antiguo Testamento debía ser descartado de los escritos utilizados por las iglesias, junto con algunas epístolas y evangelios que enseñaban posturas contrarias a las suyas.

Con base en esto, es posible afirmar que fue Marción el que realizó la primera lista de libros que debían pertenecer a las escrituras cristianas. Estos libros eran el evangelio de Lucas y las epístolas de Pablo, pues pensaba que Pablo era “el único entre los apóstoles que había comprendido verdaderamente el mensaje de Jesús”[4], mientras que los demás eran demasiado judíos para entenderlo.

Tanto el gnosticismo como el marcionismo tomaron suficiente fuerza al interior de la iglesia, tanto así que, durante el surgimiento de las primeras comunidades cristianas, hubo un interés por conocer detalles sobre la vida de Jesús desde los postulados de estas corrientes religiosas, lo que motivó la aparición de diversos relatos no inspirados. Ejemplo de estos relatos son Pistis Sophía; los evangelios de Eva, María, Judas Iscariote, Tomás, Matías, Felipe, Basílides, los egipcios y los doce apóstoles (entre ellos Marción y Bartolomé); Apocalipsis de Adán, Abraham, Moisés y Nicotea y La carta a los alejandrinos, entre otros.

Como respuesta a esta creciente ola de herejías y falsas enseñanzas, los maestros y pastores de la iglesia desarrollaron el Canon de las Escrituras, en el que definieron, a lo largo de varios años, los 66 libros inspirados por Dios que serían la norma de fe y práctica de los cristianos.

Embed from Getty Images

Nace el Canon de las Escrituras

Como afirmó el teólogo Wayne Grudem, “la determinación precisa del alcance del canon de la Biblia es de suprema importancia. Para confiar y obedecer a Dios absolutamente debemos tener una colección de palabras de la que estemos seguros que son las propias palabras de Dios para nosotros”[5].

La palabra “canon” no aparece en la Biblia, sin embargo, su significado nos da pistas para entender por qué fue tan ampliamente usada en la historia de la iglesia. La palabra canon significa “vara de medir”. En un sentido particular, el canon de las Escritura se refiere a la lista de libros del Antiguo y Nuevo Testamento que, de acuerdo con la iglesia, lograron cumplir con los requisitos de autoridad e inspiración por parte de Dios como para ser aceptados como Palabras del Señor mismo.[6]

Antes de Marción no existía una lista de libros que definieran unánimemente cuáles eran los textos sagrados que la iglesia debía leer y obedecer. Hasta ese momento, la Septuaginta (la versión griega del Antiguo Testamento hebreo) era el único instrumento de predicación y adoración comunitaria. Para el año 50 d.C., algunos autores empezaron a escribir relatos de la vida de Jesucristo, como el evangelio de Mateo y Marcos, y así siguió creciendo la lista hacia el año 65 con el evangelio de Lucas, el libro de Hechos y algunas cartas paulinas, que estaban siendo distribuidas por las iglesias de Israel y Asia Menor.

Sin embargo, en una época en la que el gnosticismo estaba ganando terreno al interior de las congregaciones, y debido al reto que impuso Marción con sus posturas heréticas, la conformación de una lista de libros que guiaran a los santos se convirtió en un asunto de vida o muerte (Dt. 32:17). De acuerdo con el historiador Eusebio, la lista cristiana más antigua de libros del Antiguo Testamento que existe es la compilada por Melitón, obispo de Sardis, escrita alrededor del 170[7], y que sirvió como sustento para aquellos libros del Antiguo Testamento hebreo que ya se venían usando y que defendían el hecho de que el cristianismo no era una nueva religión, sino el cumplimiento de las promesas dadas al pueblo judío.

A su vez, durante esa década, la iglesia se dio a la tarea de formar un consenso acerca de los libros del Nuevo Testamento que estaban siendo usados por algunas iglesias locales, y que conformaban ya una tradición de enseñanzas recibidas como Palabra de Dios. Según el historiador Justo Gonzáles, los libros que primero encontraron acogida fueron los Evangelios, pues cada uno daba respuesta a las acusaciones de los gnósticos y marcionistas sobre el origen divino y humano de Jesús.

“Mientras Marción pretendía que el Evangelio original era el de Lucas, al cual había que restarle cualquier influencia judía, la iglesia respondía señalando hacia cuatro Evangelios, escritos cada uno desde un punto de vista particular, pero opuestos todos a las enseñanzas de Marción”[8].

A su vez, el libro de los Hechos y las epístolas paulinas lograron aceptación general desde fechas muy tempranas, de modo que a finales del siglo II la iglesia contaba con una lista del Nuevo Testamento que era estudiada junto con el Antiguo Testamento.

Dado que este ensayo no pretende hacer un análisis de crítica textual del Nuevo Testamento, nos limitaremos a decir que todos los libros del actual canon del Nuevo Testamento fueron reconocidos como Palabra de Dios en distintas cartas escritas por los padres de la iglesia. Por ejemplo, Justino Mártir menciona en sus epístolas una cantidad de libros del Nuevo Testamento como autoritativas, entre ellos los evangelios Mateo, Marcos, Lucas y Juan, Romanos, 1 y 2 de Corintios, Colosenses, 1 y 2 de Tesalonicenses, Hebreos y Apocalipsis. A su vez, testigos como Clemente de Roma, Ignacio y Policarpo confirmaron la autoridad e inspiración de libros como Mateo, Juan, Santiago, así como 1 y 2 de Timoteo y Tito.

Aunque la lista del canon siguió creciendo con el tiempo, teniendo como base que fueran sólo aquellos libros reconocidos por los padres de la iglesia como inspirados por Dios y autoritativos, no podemos cerrar esta sección sin mencionar al gran líder de la iglesia, Atanasio de Alejandría, el obispo que en el año 367 hizo una lista de todos libros que hoy pertenecen a nuestro Antiguo y Nuevo Testamento (excepto Ester, que fue añadido al canon siglos más tarde). Con todo, podemos afirmar que la iglesia primitiva no dudó en establecer la regla de fe, ni hubo un tumulto de opiniones en conflicto acerca de los libros que debían ser aceptados.

Como desafió Tertuliano, si uno cuestiona la importancia y el valor del canon de las Escrituras en tiempos de engaño doctrinal, incluso, si uno llegara a desafiar su autoridad o inspiración, “puede ir a las iglesias donde los escritos originales de los apóstoles fueron preservados”[9], para recordar que siempre hay evidencia suficiente para reconocer que Dios ha preservado su Palabra durante toda la historia del cristianismo.

Un faro de luz para la iglesia naciente

Como se mencionó al principio, el canon de las Escrituras nació como una respuesta a las falsas enseñanzas acerca de la salvación, que estaban circulando por las calles del imperio Romano.

Fue gracias a esta respuesta oportuna por parte de la iglesia que se logró hacer frente a los engaños promovidos por los gnósticos y Marción. En otras palabras, el canon fue (y sigue siendo) un faro de luz para la iglesia, que ha tenido que enfrentarse desde los inicios del cristianismo a distintas corrientes teológicas que atentan contra la esencia de la fe cristiana y su tradición histórica.

Este hecho afirmó en la iglesia antigua la idea de que la fe cristiana se define por toda la Escritura y solamente por la Escritura, de la cual no podemos añadir ni quitar absolutamente nada (Dt. 4:2; Ap. 22:18-19). Como afirma Greg Bahnsen, la idea de un canon –un conjunto de escritos que portan una autoridad única, divina para el pueblo de Dios– nos lleva de regreso al mismo principio de la historia de Israel. “Un documento pactal que definía el entendimiento de Dios, de la redención y de la vida fue colocado en el arca del pacto en el Lugar Santísimo del Tabernáculo, poniéndolo de esa manera separado de las palabras y opiniones de los hombres”[10].

Además, menciona Bahnsen, la noción de un canon se halla en el fundamento teológico de la fe cristiana. Para el teólogo, “sin palabras reveladas disponibles para el pueblo de Dios no habría ejercicio de parte de Dios de Su Señorío sobre nosotros como siervos, y no habría una promesa segura de parte de Dios el Salvador para salvarnos como pecadores”[11].

Embed from Getty Images

Una doctrina vigente en nuestros tiempos

Las preocupaciones que aquejaban a la iglesia del primer y segundo siglo siguen vigentes en la actualidad pues, aunque algunos cristianos desconocen si el gnosticismo continúa vivo, lo cierto es que esta corriente de pensamiento ha tomado gran impulso en los últimos cien años.

Para ver de qué manera el hecho histórico de la conformación del canon hace más de 1900 años tiene relevancia hoy, tomaré como objeto de análisis una de las sectas más peligrosas en la actualidad: Gnosis, un colectivo que tuvo su origen en Colombia y cuyos postulados derivan del gnosticismo de las épocas de Marción.

Gnosis es una secta autodenominada “colectivo” o “movimiento”, fundada en 1954 por Víctor Manuel Gómez, un curandero y escritor de libros sobre esoterismo, quien declaró ser una encarnación de Samael (un ángel caído de la Biblia) y que había venido al mundo a expandir su palabra.

De acuerdo con el portal web gnosiscolombia, este hombre se llamó a sí mismo Samael Aun Weor y empezó a predicar sus doctrinas, las cuales se basan en la práctica del Gran Arcano y la magia sexual dentro del matrimonio (rechazando el onanismo, el clímax o la homosexualidad entre otras cosas) y retomando algunas de las creencias gnósticas que surgieron durante los primeros siglos del cristianismo. De acuerdo con ellos, la gnosis es “un conocimiento universal que persigue la transformación radical del ser humano, su fundamento es el conocimiento y por tal motivo no excluye o subestima ningún grupo científico, cultural, artístico o religioso”[12].

Este grupo, con más de 240 sedes en Colombia y presencia en 33 países, se considera erróneamente parte de la iglesia invisible de Jesucristo y asegura que sigue la corriente ideológica que busca la “autorrealización del ser y el desarrollo de todas las posibilidades humanas a través de la evolución de la psique, el alma y el cuerpo”[13].

Algunas de sus creencias consideran la salvación del alma no a través de la fe sino a través del conocimiento introspectivo de lo que es divino. En otras palabras, la redención “es algo personal y requiere olvidar y dejar todo atrás para alcanzar el conocimiento, siendo ello un sacrificio que deben realizar”[14]. Asimismo, distinguen entre esencia, personalidad y ego (contra el cual hay que luchar) como principales componentes del ser humano.

Esta secta llegó a ser conocida ampliamente en 2017, gracias a una noticia en la que se acusaba al grupo de haber secuestrado a una joven colombiana, a quien sedujeron con engaños para servir los intereses sexuales e intelectuales de uno de sus líderes, quien se había radicado en Perú. Según se conoció en medios, el hombre consideraba necesitar mujeres para repoblar la tierra tras un apocalipsis próximo, por lo que mantuvo a la joven junto a él y la dejó embarazada.

Esta historia deja ver la imperiosa necesidad de que la iglesia persista en abrazar la autoridad, inerrancia e infalibilidad de las Escrituras, contenida en nuestro canon.

Es por esta razón que las Escrituras son útiles para nuestra doctrina, corrección e instrucción. “Debemos poner atención al mensaje –el cual es divino– y a su totalidad; como Jesús dijo: «El hombre vivirá de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4:4). Pero el pueblo de Dios no debe someterse a las palabras no inspiradas de los hombres”[15].

La historia del cristianismo, especialmente la que relata cómo la iglesia respondió ante el peligroso gnosticismo de la época, nos enseña que la fe no puede ser comprometida por cualquier filosofía que es según las tradiciones de los hombres y no según Cristo (Co. 2:8). Nuestro Señor mismo condenó a aquellos que “han invalidado el mandamiento de Dios por vuestras tradiciones” (Mt. 15:6), de allí que las filosofías humanas no tienen lugar en el proceso de definir la fe cristiana.

A manera de conclusión

La historia de la conformación del canon de las Escrituras, como respuesta al gnosticismo y al marcionismo del primer y segundo siglo, es de suma importancia para entender la manera en la que Dios obró providencialmente para sostener a la iglesia en tiempos de engaños. Fue gracias a esta iniciativa divina que la iglesia se sostuvo firme a pesar de los constantes ataques de sectas religiosas al corazón de la fe cristiana, más específicamente, a la divinidad y humanidad de Cristo.

Sin duda, la idea de definir un canon fue el punto de partida para regresar al mismo principio de la historia de Israel, a un documento en el que se encuentra el pacto entre Dios y los seres humanos, que define el carácter de creador, los medios de salvación y la vida práctica de la iglesia misma.

Gracias a este trabajo de los padres de la iglesia, hoy podemos confiar plenamente en la Biblia como la Palabra de Dios inspirada, que goza de plena autoridad para dirigir los asuntos de fe y práctica de la iglesia a través toda la historia de la humanidad. En suma, este hecho histórico nos enseña que el Dios de la historia sigue interviniendo activamente en la vida de su iglesia para preservarla del engaño hasta el fin.

Referencias para consulta

“01- Que es Gnosis- DEFINICIÓN CLARA – Documental GNOSISTV”. Video de YouTube, 25:49. Publicado por “Gnosis internacional”. 4 mayo del 2015, https://www.youtube.com/watch?v=3hEHvp5ySwE.

Bahnsen, Greg. “El Concepto e Importancia de la Canonicidad”. Biblioteca Iglesia Reformada (en línea). https://bit.ly/3eDZoOE.

Gnosis. “Quiénes somos”. https://gnosiscolombia.org/quienes-somos/.

González, Justo. Historia del Cristianismo: obra completa. Miami, Florida: Unilit, 1978-1988.

Grudem, Wayne. “El Canon de las Escrituras”. En Teología Sistemática. Miami, Florida: Editorial Vida, 2007.

Kersopp, Lake. Eusebius: The Ecclesiastical History. Heinamann, Londres y Hardvard, Cambridge, 1975. https://bit.ly/3qG6Aw0.

Ramos, Marco Antonio. Nuevo diccionario de religiones, denominaciones y sectas. Nashville: Editorial Caribe, 2000. https://bit.ly/3cKF7ED.  

Wycliffe. Diccionario Bíblico. Buenos Aires, Argentina: Editorial Peniel, 2016.