La belleza y el misterio de la encarnación de Dios | Toda Escritura

Abramos nuestras Biblias y vayamos a Juan capítulo 1, verso 14. Juan capítulo 1, verso 14.

Hemos dedicado los últimos dos episodios a conocer el testimonio que el apóstol Juan hace sobre el Verbo de Dios. En el verso 1 estudiamos la eternidad, preexistencia y deidad de Cristo y concluimos que, por medio del Verbo, Dios creó todo lo que existe.

En el verso 4 ampliamos esta verdad y dijimos que Cristo no es un ser impersonal y abstracto, sino que es la luz del mundo y que la vida se sustenta por su poder. Él es el que sustenta todo lo que existe por el poder de su Palabra, en Él está la vida.

Pero cuando llegamos al verso 14, nos topamos con un mar de sabiduría extraordinario, una verdad tan magnífica que nos haría falta una eternidad para entender la profundidad y la anchura de la sabiduría de Dios: y esa verdad es que el Verbo se hizo carne.

La segunda persona de la trinidad se hizo carne. El eterno, preexistente y divino creador del universo se hizo un ser humano. Sólo contemplen esta frase: ¡El Verbo se hizo carne! Sólo deténganse aquí por un momento. ¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo puede ser que el Verbo de Dios se encarnó?

En los próximos minutos intentaré explicar cómo es que el Verbo de Dios llegó a ser un humano y por qué lo hizo. En otras palabras, trataré de responder a las preguntas: ¿Cómo es que el creador del universo se hizo un ser humano? Y, ¿por qué lo hizo? ¿Con qué propósito?

No son preguntas superficiales. Creo que ya notaron la profundidad. Tengo que confesar que en los últimos días he pasado horas sumergido en las Escrituras y he comparado lecturas aquí y allá, he tenido conversaciones con teólogos y amigos sobre este asunto; han sido hojas y hojas de apuntes, y he llegado a la conclusión de que explicar esta verdad con palabras humanas es como intentar atrapar toda el agua del océano con un balde. Simplemente no hay palabras para describir con suficiencia la sabiduría de Dios en su encarnación. No hay palabras.

Aún así, Dios es tan bondadoso que nos ha entregado en las Escrituras tres relatos magníficos de su encarnación. Los evangelios de Mateo, Lucas y Juan relatan de qué manera Dios se hizo carne, y de todos ellos, el evangelio de Juan es el que menos detalles revela, pero, a mi juicio, es el que más hondo se sumerge en este asunto.

El Verbo se encarnó

Veamos por qué. Acompáñenme a Juan capítulo 1 y leamos desde el verso 14 hasta el 18.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Juan [el Bautista] dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”.

Antes de ir verso por verso, tengamos en mente que Juan escribió esta introducción con un propósito evangelístico. Recordemos que en el capítulo 20, verso 31, el escritor dice: “Pero estas [cosas] se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida”.

El apóstol escribió este preámbulo para convencer a sus lectores de la verdadera identidad de Jesús. No se trató de un carpintero judío que iba de pueblo en pueblo creando revoluciones. No fue un hombre con poderes mágicos, ni mucho menos fue un espíritu que se le aparecía a sus seguidores.

El escritor de este evangelio nos dejar ver la verdadera identidad de Jesús como el Dios-hombre encarnado. Estos capítulos fueron escritos para que entendiéramos que la naturaleza divina y humana de Jesucristo estaban unidas en una persona, y que esa persona es el Mesías profetizado y el salvador del mundo.

Por eso, al inicio de su evangelio, Juan escribe la tesis central de todo el libro, la columna vertebral de su evangelio y me atrevería a decir que de toda la fe cristiana. Verso 14: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”.

“Dios se hizo carne. El evangelio es el evangelio porque Dios se hizo carne. Así empieza la buena noticia: ¡Dios se hizo hombre!”.

El evangelio inicia con Dios y termina con Dios. Empieza con Dios tomando la iniciativa de salvar a los pecadores del infierno y termina con Dios dando toda potestad a su Hijo unigénito para juzgar al mundo.

Dios ejecutó su plan de salvación. Por amor se hizo hombre. Nadie lo obligó, no tenía qué hacerlo, no le debía nada a nadie, Él soberanamente decidió hacerse hombre y habitar entre nosotros. Esta es la mejor noticia jamás contada: ¡El Verbo, la segunda persona de la trinidad, vino a este mundo en la forma de un ser humano!

Pero, ¿cómo lo hizo? ¿Cómo es que Dios se hizo carne?

Lo hizo de la manera más inteligente y sabia posible. Por Lucas 1 versos 26 al 38, sabemos que fue concebido en el vientre de una virgen. Empezando en el verso 26, Lucas narra:

“A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel a Nazaret, pueblo de Galilea, a visitar a una joven virgen comprometida para casarse con un hombre que se llamaba José, descendiente de David. La virgen se llamaba María. El ángel se acercó a ella y le dijo:

—¡Te saludo, tú que has recibido el favor de Dios! El Señor está contigo.

Ante estas palabras, María se perturbó, y se preguntaba qué podría significar este saludo.

—No tengas miedo, María; Dios te ha concedido su favor —le dijo el ángel—. Quedarás encinta y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Él será un gran hombre, y lo llamarán Hijo del Altísimo. Dios el Señor le dará el trono de su padre David, y reinará sobre el pueblo de Jacob para siempre. Su reinado no tendrá fin.

—¿Cómo podrá suceder esto —le preguntó María al ángel—, puesto que soy virgen?”

Hasta este punto observamos que El plan de Dios era que la segunda persona de la trinidad se hiciera carne mediante un parto natural. El Verbo de Dios nacería del vientre de una mujer que halló gracia delante de Dios. El asunto se complejiza cuando María le dice al ángel: “¡Cómo sucederá esto, si soy virgen! ¡No me he casado con José, no puedo tener relaciones con él!”. La respuesta de Dios dejó a María atónita. Verso 35:

“—El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Así que al santo niño que va a nacer lo llamarán Hijo de Dios”.

Qué misterio.

“También tu parienta Elisabet va a tener un hijo en su vejez; de hecho, la que decían que era estéril ya está en el sexto mes de embarazo. Porque para Dios no hay nada imposible”.

Ahora notemos la respuesta que María le dio al ángel:

“—Aquí tienes a la sierva del Señor —contestó—. Que él haga conmigo como me has dicho.

Con esto, el ángel la dejó”.

Suficiente evidencia histórica muestra que Jesús fue un hombre de carne y hueso que vivió en el medio oriente en tiempos del imperio Romano. Pero tanto Lucas como el apóstol Juan escribieron que Jesús fue un hombre único.

El Verbo de Dios fue concebido en el vientre de una virgen, una joven que no había tenido relaciones sexuales. Y este detalle es espectacular porque aclara que Dios no usó a un hombre para la concepción. Noten eso: no fue por iniciativa humana, ni por voluntad de hombre, sino que de manera sobrenatural el Espíritu Santo activó las células reproductivas de María, para que pudiera gestar un bebé sin necesidad de tener relaciones con José.

Su óvulo fue fecundado por el poder creativo de Dios. Como describe el Salmos 139, Dios mismo creó las entrañas del cuerpo de Jesús en el vientre de aquella mujer; sus huesos no fueron desconocidos para Él cuando en lo más recóndito Jesús era formado; los ojos de Dios vieron su cuerpo en gestación, todo estaba escrito en su libro, todos los días de Jesús estaban diseñados, aunque no existía todavía uno solo de ellos.

“El material genético de Jesús fue tejido con la propia mano de Dios para que él fuera 100% hombre y 100% Dios en una sola persona”.

Como hombre, Jesús llegó a ser la cimiente de Eva que aplastó la cabeza de Satanás, pero como Dios fue santo, sin pecado.

Sobre el nacimiento virginal de Cristo, un teólogo afirmó lo siguiente:

“Si pensamos por un momento en otras posibles formas en que Cristo hubiera podido venir a la tierra, ninguna de ellas habría unido tan claramente a la humanidad y a la deidad en una persona. Para Dios probablemente habría sido posible crear a Jesús como un completo ser humano en el cielo y enviarlo a la tierra sin la intervención de un padre humano. Pero entonces hubiera sido muy difícil para nosotros poder ver que Jesús era completamente humano como nosotros, ni hubiera sido parte de la raza humana que descendía físicamente de Adán.

Por otro lado, probablemente a Dios le hubiera sido posible hacer que Jesús viniera a este mundo por medio dos padres humanos, padre y madre, y con naturaleza divina unida milagrosamente a su naturaleza humana en algún momento oportuno de su vida. Pero entonces hubiera sido bastante difícil para nosotros comprender cómo Jesús podía ser completamente Dios, puesto que su origen era como el nuestro en todos los sentidos” (Grudem, 2009).

Cuando contemplo la hermosura y sabiduría de la encarnación de Dios, sólo puedo decir como Pablo: “!!Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! !!Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? […] Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos” (Ro. 11.33-34, 36).

La encarnación del Verbo de Dios ya estaba diseñada desde antes de que el mundo fuera creado. El apóstol Pedro escribió que Cristo fue “destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de nosotros” (1 P. 1:20).

¿Notan el propósito? Por amor de nosotros. Por amor el Verbo se hizo carne. Esta es la noticia más grande jamás contada. Esta es la verdad que sustenta nuestro gozo y nuestra esperanza.

Pablo le advirtió a los colosenses que no se dejaran engañar de aquellos que niegan esta magnífica noticia: “Cuídense de que nadie los cautive con la vana y engañosa filosofía que sigue tradiciones humanas, la que está de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo. Porque toda, toda, la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en cristo” (Colosenses 2:8-9).

¡Que nadie les robe el gozo que Dios les quiere dar! ¡Dios fue manifestado en carne! ¡Que sabiduría, que amor y que bondad de Dios! ¡toda la plenitud de la deidad habita en forma corporal en Cristo!

Ahora volvamos a Juan 1 verso 14. “Aquel verbo fue hecho carne”, y enseguida dicen las Escrituras: “y habitó entre nosotros”.

El verbo griego para “habitar” en este verso tiene la idea de vivir en una casa. Jesús vivió una vida normal como ser humano, habitó en una casa, creció en una familia y tuvo amigos. Vivió como un ser humano en plena época del imperio Romano.

La frase “habitó entre nosotros” da a entender que también estuvo sujeto a las limitaciones de un cuerpo mortal. En los evangelios leemos que Jesús experimentó cansancio (Jn. 4:6), tuvo sed y hambre (Mt. 4:2; Jn. 19:28), se debilitó físicamente (Lc. 23:26) e incluso su corazón dejó de latir cuando murió crucificado en la cruz (Lc. 23:46).

Jesús no fue un espectro o una energía, como muchos dicen. Cuando resucitó, Jesús mismo le dijo a Tomás, uno de los doce discípulos que no creía que Él había resucitado, “pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe” (Jn. 20:27).

El Verbo de Dios tuvo mente humana. Lucas 2:52 nos explica que Jesús adquirió conocimiento intelectual a temprana edad. En Marcos 13:32 Jesús dice sobre el día y la hora en que vendrá el juicio del Señor que “nadie sabe”, sino sólo el Padre. Tenía una mente limitada.

Jesús también tuvo alma y emociones humanas. Sintió angustia y ansiedad (Jn. 12:27). Experimentó tristeza (Mt. 26:38). Se asombró de la fe de los hombres (Mt. 8:10). Lloró por la muerte de su amigo Lázaro (Jn. 11:35). Oró con fervor (He. 5:7). Fue tentado en todas las cosas que un ser humano puede ser tentado, pero nunca pecó (He. 4:15).

Durante sus primeros 30 años, Jesús fue considerado un joven normal. Tanto es así que, cuando anunció su ministerio públicamente como el salvador del mundo, sus propios familiares y vecinos no creyeron en él porque lo habían visto crecer con ellos (Mt. 13:53-58). Digo todo esto porque quiero que entiendan una estremecedora verdad:

Jesucristo, “siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y, al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” (Fil. 2:6-8).

Este es el Dios en el que creemos. Conociendo nuestra bajeza moral y nuestra incapacidad para salvarnos por nosotros mismos, Dios tomó la iniciativa de venir en nuestro rescate para demostrar por todos los siglos las riquezas de su gracia.

“Y vimos su gloria”, prosigue Juan 1, verso 14, “Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. El Verbo vino a este mundo y se hizo carne para mostrarle al mundo entero la gloria de Dios.

En una ocasión leí un bello cuento infantil sobre cómo conocer a Dios, llamado: “Alicia busca a Dios”. El cuento es más o menos así:

Un día, una niña llamada Alicia pensó: “quisiera conocer a Dios. ¿Dónde lo podré encontrar?”. Dios escuchó su pregunta y a la mañana siguiente le regaló un bello amanecer. Pero Alicia no le dio importancia.

En el colegio, Alicia le preguntó a la profesora de religión cómo conocer a Dios, y ella le respondió: “dedica todos los días unos minutos a estar en silencio y sentirás a Dios”.

En efecto, la niña lo intentó, pero al cabo de dos minutos le dio impaciencia y no lo consiguió, porque le gustaba mucho hablar.

Pero Dios deseaba que Alicia lo encontrara, así que siguió enviándole señales. Una tarde, unos pajaritos se posaron en su ventana y comenzaron a piar una bella melodía, pero Alicia estaba tan distraída jugando que no los oyó.

Esa tarde salió a pasear al parque y entró en una iglesia. Pero allí sólo vio imágenes inmóviles que no hablaban, y se marchó de allí. Cuando llegó a su casa, su madre se acercó y le dio un beso y luego de eso la niña se encerró en su cuarto.

Esa misma noche Alicia se durmió muy triste porque le parecía que era imposible encontrarse con Dios. Pero mientras dormía, Dios le dijo en sueños: “Alicia, hoy te he enviado muchas señales: el bello amanecer, los pajaritos, la iglesia, el beso de tu mamá. Todos son regalos para que te puedas encontrar conmigo”.

Y el cuento termina así: “al día siguiente Alicia sintió un cambio muy importante en su interior, pues al fin había encontrado a Dios”.

Cuántos hemos experimentado la frustración de no encontrar a Dios. Por muchos años yo sentí lo mismo que Alicia, es más, me atrevería a decir que cualquiera que considere seriamente creer en Dios se ha preguntado: ¿cómo puedo conocerlo? ¿Dónde puedo encontrarlo?

Aunque la historia de Alicia y su inocente búsqueda de Dios es inspiradora, tengo que decir con tristeza que ella no conoció plenamente a Dios, sino sólo su poder y deidad.

“Nadie puede conocer plenamente a Dios en las cosas que él creó. La razón es sencilla: la creación no puede compararse con el creador”.

Las cosas creadas son eso, creaciones limitadas y finitas en el espacio y el tiempo, pero Dios es eterno y es infinito. Ningún atardecer, por más hermoso que sea, ni ninguna imagen o escultura, ni siquiera nuestros familiares más amados podrán reflejar jamás la gloria de Dios, excepto Jesucristo.

A lo mejor algún poeta se atreva a recitar: “esta tarde he sentido el beso de Dios en el viento que acaricia mis mejillas”. Pero lo cierto es que esa sensación no nos bastará para conocer plenamente a Dios y mucho menos para salvarnos del infierno.

Por eso la última frase de Juan 1:14 es tan importante: “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria [y vimos su gloria], gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

Los que tuvieron la oportunidad de ver a Jesús cuando estuvo en la tierra pudieron observar el resplandor de la gloria misma de Dios.

Durante toda la historia Dios se ha comunicado muchas veces y de muchas maneras con los seres humanos. Lo ha hecho a través de su propia voz, a través de profetas que hablaron en su nombre, a través de sueños y visiones, a través de la creación, pero cuando el Verbo se hizo carne, Dios habló al mundo por medio del Hijo de la forma más clara posible, porque Jesucristo es la Palabra de Dios en forma humana.

Hebreos 1:3 dice que Jesucristo es el resplandor de la gloria de Dios, y la imagen misma de su sustancia. Piensen por un momento en esto: el resplandor de la gloria de Dios no puede ser contemplado por ningún mortal. El espectro electromagnético de la luz que irradia Dios es incuantificable, indescriptible por ser humano o maquina alguna.

La luz de la gloria de Dios es una clase de luz imposible de cuantificar, es infinitamente más potente que la luz del sol o la luz más grande del universo; la luz de la gloria de Dios abarca más longitud que cualquier luz que conocemos.

No hay ser humano capaz de ver la gloria de Dios sin que muera. En Éxodo 33 Moisés le pide a Dios que le deje ver su gloria en todo su esplendor y Dios le responde: “Oh, Moisés, no sabes que nadie puede ver mi rostro y seguir con vida”. (Éx. 33:20). ¡Nadie puede ver mi rostro y seguir con vida! ¿No es una asombrosa y aterradora respuesta? ¡Nadie puede ver mi rostro y seguir con vida!

Si Moisés hubiera visto la gloria de Dios habría sido desintegrado por su poder en ese mismo instante. Pero en Jesucristo, Dios pudo mostrar un resplandor, una luz clara, de su gloria. Dios se hizo hombre para que los seres humanos pudieran ver su gloria sin correr el riesgo de morir. Dios se hizo hombre para que los seres humanos pudieran ver su gloria sin correr el riesgo de morir.

Esa luz todopoderosa habitó en el cuerpo de Jesús, por eso al verlo a Él estamos viendo la gloria y el esplendor de Dios en un lenguaje humano. Pero Jesucristo no sólo es el resplandor de la gloria de Dios, también es la imagen misma de su sustancia. La frase: “la imagen misma de su sustancia” en Hebreos 1:3 tiene la idea de un sello que al ser presionado contra un papel deja una huella idéntica. En otras palabras, Jesucristo es la copia exacta de Dios, la huella exacta de su carácter.

Sólo en el Verbo, graben esto en sus mentes y en sus corazones, sólo en el Verbo vemos la plenitud del carácter y los atributos de Dios. En el Verbo encarnado vemos lo que Dios ama, lo que aborrece, lo que le asombra, lo que le entristece, lo que desea. En el verso 18 de Juan 1, el escritor llega a esta conclusión, versó 18: “A Dios nadie lo vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer”.

Quiero detenerme un momento en esta parte. Creo que para ustedes como para mí es un hecho que los hijos son la fiel estampa de sus padres. ¿No es así? A veces, cuando hablo con mi esposa y veo sus gestos, su forma de hablar y sus hábitos, la interrumpo y le dijo: “te pareces mucho a tu mamá”, ella frunce el ceño y me dice: “¿a qué te refieres con eso?”. “Pues que eres idéntica a ella en tu forma de ser”.

En ocasiones, cuando hablo con mi mamá y la miro a los ojos, siento que ella está mirando a otra persona a través de mí. Y le pregunto: “qué piensas, por qué te quedas mirándome así”. Me responde: “te pareces mucho a tu padre”.

Hemos convivido tanto tiempo con nuestros familiares que sin quererlo terminamos hablando como ellos, actuando como ellos, pensando como ellos. Somos la estampa de nuestros padres y ellos son la estampa de nuestros abuelos.

Lo mismo ocurre cuando contemplamos a Cristo: Él ha dado a conocer perfectamente al Padre porque antes de hacerse carne, habitó por la eternidad con Él. “En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios”.

Cuando alguien me pregunta: “Harold, cómo puedo conocer a Dios”, de inmediato les digo: “¿ya conoces a su Hijo?”. Entonces me responden: “no me refería a eso, me refería a conocerlo de verdad”. ¿Qué otra cosa les puedo decir? ¿Decirles otra cosa sería mentirles o complicarles la vida? Dios se revela plenamente en Jesucristo. En el Verbo encarnado vemos la gloria de Dios en un lenguaje humano.

Algunos teólogos han llegado a esta brillante conclusión: Jesucristo es la exégesis del Padre, es la interpretación exacta de Dios. Los cuatro evangelios del Nuevo Testamento son las crónicas que relatan la vida y obra del Hijo de Dios, uno que, como expresa magníficamente Juan 1:14: “estaba lleno de gracia y de verdad”. Jesucristo es la imagen misma de la sustancia de Dios y está lleno de gracia y de verdad.

Note esta característica: “estaba lleno de gracia y de verdad”. La palabra lleno aquí en Juan 1:14 significa completo, rebosante, como un vaso que está rebosando de líquido hasta el borde. Juan el apóstol nos dice que el Verbo encarnado rebosaba de bondad y de la revelación exacta de Dios.

Pero noten que, aunque este verso nos dice mucho sobre Cristo, el lenguaje humano no puede explicar con suficiencia los atributos de Dios. Este verso es un gran ejemplo que nos da a entender que el lenguaje humano no tiene palabras para describir a Dios. Usted podría decir que un recipiente está lleno hasta el borde, pero cuando pensamos en Dios, no hay palabras creadas que puedan contener la grandeza de Dios.

Nuestro sistema de medidas está creado para hacernos una idea de qué tan grande o pequeño es algo, o qué tan lleno está un recipiente, pero cuando llegamos a Dios no hay palabras o medidas con la cuales podamos describirlo, porque Él es infinito.

Cuando Juan dice que el Verbo estaba lleno de gracia y de verdad lo que está diciendo es que Él mismo es la gracia y la verdad encarnada.

“Jesucristo no tiene la gracia y la verdad por medida, como si Él fuera un recipiente en el que se deposita algo. Él es gracia y es la verdad”.

Jesucristo no sólo está lleno de gracia, sino que Él mismo es la más grande muestra de la bondad de Dios con el mundo. Él es el regalo más hermoso que fue enviado al mundo para salvar a los pecadores de la muerte eterna.

He escuchado a algunos decir que han experimentado la gracia de Dios en su vida, y puede que así sea, pero la gracia no es un sentimiento, ni siquiera un concepto teológico que estudiamos en las escuelas dominicales en la iglesia, la gracia es una persona, y esa persona es Jesucristo.

Pero el Verbo de Dios también es la verdad. En ninguna parte de las Escrituras se nos dice que Jesucristo tiene la verdad o conoce cuál es la verdad, sino que Él mismo es la verdad.

En una ocasión Jesús le dijo a Tomás: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Es en Jesucristo que tenemos la plenitud de Dios con nosotros. Los profetas del Antiguo Testamento dijeron que su nombre sería Emanuel, y no se equivocaron, porque Emanuel significa “Dios con nosotros”.

¿Por qué se encarnó Dios en la persona de Jesucristo?

Juan el bautista fue el encargado de anunciar esta gran noticia a toda Jerusalén y a toda Judea y a los habitantes de las regiones del Jordán. Juan 1:15 dice:

“Juan dio testimonio de él, y clamó, diciendo: Este es del que yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí, porque era primero que yo”.

Cuando Juan el Bautista vio por primera vez a Jesús en las regiones del Jordán, el evangelista gritó a voz de cuello: ¡Este es del que yo he predicado todo este tiempo!

Durante los próximos minutos contestaré la segunda pregunta que formulé al principio del episodio: ¿por qué Dios se encarnó en la persona de Jesucristo? ¿Por qué el Verbo se hizo carne? ¿Qué motivó a Dios a hacerse hombre?

Como cristiano siento un profundo gozo por la obra de la encarnación. Es de esas verdades que te cambian para siempre la vida. Pero temo que es un tema incomprendido en la actualidad. O más exactamente: no es un tema incomprendido, sino el tema (con mayúscula). El tema incomprendido. El tema más impactante de la fe cristiana, junto con la muerte y resurrección de Cristo, y el más incomprendido.

Gran parte de mi inclinación por la predicación expositiva es que nos permite abordar temas de las Escrituras que de otra manera nunca abordaríamos. En Juan capítulo 1 verso 16 y 17, el escritor nos da un breve resumen de por qué el Verbo de Dios se hizo carne. ¿Por qué?

En el verso 16 leemos: “Y de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. Otra manera de leer este verso es: “Y de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia”.

Me gusta ilustrar esto con un ejemplo. En Bogotá, la capital de Colombia, y en la mayoría de ciudades del mundo, el agua que consumimos proviene de páramos y ríos. En el caso de Bogotá, el agua proviene de los páramos de Chingaza, Guerrero y Sumapaz. Desde estos páramos y a través de embalses, plantas de tratamiento y redes de distribución, las Empresa distribuyen el agua para la ciudad. Sin estos páramos y ríos sería imposible tener agua potable en los hogares.

De la misma manera, Jesucristo es el río de aguas vivas que surte de gracia la vida de todos los creyentes genuinos. Los cristianos más maduros no pueden recibir la gracia sino de Él; y el ser humano más miserable que pueda existir, puede vivir de esa plenitud, porque, como afirmó un comentarista: “esta gracia fluye de la plenitud de Cristo, como de un manantial que nunca se agota por muchos que sean los que de Él tomen”.

Como periodista he cubierto noticias sobre escases de agua en los embalses de las cuencas del río Bogotá. A veces el clima o las actividades industriales cerca de las cuencas afecta el nivel del río y se suspende por un tiempo el suministro de agua.

Pero cuando nos referimos a Cristo, los cristianos pueden estar seguros de que nunca la fuente de gracia será suspendida, ni siquiera por un segundo. Cristo está continuamente derramando de su plenitud a todos los creyentes que la necesiten.

El verso 16 dice que por medio de Cristo los creyentes recibimos “gracia sobre gracia”. Todo lo que hemos recibido de Cristo se resume en esto: “gracia abundante”. Así de grande, de rico, de valioso, es el don que Dios nos dio en Cristo. Esta gracia se refiere a un favor que no merecemos de parte de Dios, un don que nos capacita para obtener bendiciones celestiales.

Cierto comentarista dijo en una ocasión: “Que Dios nos da de su plenitud, y gracia sobre gracia, significa que los creyentes van recibiendo sucesivas oleadas de gracia, continuas bendiciones de Dios en Cristo. Oleadas de gracia que son dadas conforme a la necesidad de cada momento, y que son recibidas y usadas de acuerdo a la capacidad de nuestro vaso, de manera que siempre podamos estar llenos con nuevas gracias”.

Wao.

El apóstol Pablo lo expresó de otra manera en Efesios 1:3. Él dijo: “Toda la alabanza sea para Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los lugares celestiales, porque estamos unidos a Cristo”.

Es gracia sobre gracia. Gracia sin límites, sin medidas, sin reproches porque el Verbo se ha hecho carne. El verso 17 de Juan 1 establece un gran contraste que nos ayuda a entender mejor esta gracia: “Porque la ley por Moisés fue dada, mas la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo”.

Notan eso. Los diez mandamientos son un tesoro espiritual increíble, pero tenemos que entender una cosa: “por las obras de la ley ningún ser humano será declarado justo delante de Dios” (Ro. 3:20).

Siempre recuerdo esta verdad cuando hablo con una persona que no conoce a Cristo. Me gusta en esas conversaciones preguntarles: ¿crees que irás al cielo o al infierno? Ellos me responden: “creo que al cielo”. Y les pregunto: “¿cómo estás seguro de eso?”, y me dicen: “bueno, ¡soy una buena persona! No robo, no he matado a nadie, no miento, hasta le doy limosnas a los pobres”.

Entonces les pregunto: “y ¿qué me responderías si te digo que la Biblia enseña que nadie se salvará del infierno haciendo buenas obras?”. De inmediato se asombran. “¿Acaso la salvación no se alcanzaba cumpliendo los 10 mandamientos, siendo buena persona?”.

Cuando me dicen eso sé que es el momento de sacar la artillería pesada. ¿Has mentido alguna vez en tu vida? ¿Has robado alguna vez en tu vida? ¿Has visto a una mujer o a un hombre y has sentido deseo sexual por esa persona? ¿Has tenido relaciones sexuales fuera del matrimonio? ¿Amas a Dios con toda tu mente, alma y corazón, es decir, amas a Jesucristo y a su iglesia? Nadie puede responder correctamente estas preguntas. Todos hemos pecado. Todos hemos ofendido a Dios una y otra y otra y otra vez. Somos culpables.

Pero justo antes de que la persona se vaya ofendida, le digo: “espera un momento, hay una buena noticia. La buena noticia es que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo”. La gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

El propósito de la ley es que los seres humanos se den cuenta que por sí mismos no pueden ser salvos, y por lo tanto corran a Cristo en busca de salvación.

Moisés fue sólo un trasmisor de la ley moral de Dios, nada más que un mensajero. Pero la gracia y la verdad vinieron a la humanidad en la persona misma de Cristo. ¿Vemos el contraste? La Biblia enseña que por la gracia somos salvos. ¿De qué manera? Creyendo en Jesucristo como el único medio de salvación. Depositando nuestra confianza en él.

Cuando leemos que el Verbo se hizo carne estamos leyendo la noticia más esperanzadora de todos los tiempos. ¿Por qué? Porque la gracia marca el fin de las obras de la ley y la verdad marca el fin de las sombras del Antiguo Testamento. En Jesucristo se cumple todo, Él es la revelación misma de Dios para el ser humano y el único medio para ser salvados y obtener la vida eterna.

Matthew Henry (1999) expresó esta verdad con una frase: “Los judíos tenían la gracia como una pintura, nosotros tenemos la gracia como una persona”.

Resumen y aplicación

En Juan 1:14-18 leemos que Dios se despojó a sí mismo de su gloria y se humilló al punto de hacerse hombre, y habitó entre nosotros como un ser humano, sometiéndose voluntariamente a las limitaciones físicas de un cuerpo humano.

El Verbo se hizo carne para mostrar un ejemplo de obediencia, para ser un sacrificio por los pecados, para ser el único mediador entre Dios y los hombres. Se hizo carne para cumplir el propósito de que un hombre gobierne la tierra y para compadecerse como sumo sacerdote de todos los que hemos creído en él.

Él es la fuente inagotable de gracia que sustenta nuestra salvación y nuestra existencia. Sin él seríamos como neblina que se desvanece, como hierba que se seca, como huesos secos en el desierto.

Durante los próximos episodios nos dedicaremos a contemplar al Verbo de Dios en acción. Vamos a recorrer con Jesús las calles de Jerusalén, las regiones de Samaria y Galilea. Veremos a este Dios-hombre encarnado desplegar su poder al convertir el agua en vino, sanar a los enfermos, alimentar a una multitud de 5.000 personas con par de panes, caminar sobre el agua y calmar la tempestad, dar vista a los ciegos y resucitar a los muertos.

Ciertamente Jesús es la fuente de la vida. Él gobierna sobre la distancia, sobre el tiempo, Él es el pan que da verdadera vida. Él es la luz del mundo y tiene el poder sobre la muerte.

Yo espero que cada uno de ustedes se deleite en este asombroso Dios. Así como Dios le dijo al profeta Ezequiel en el capítulo 3 de su libro, los animo hoy: coman de este evangelio que Dios inspiró para ustedes, coman hasta que se sacien, coman de este dulce libro, predíquense a ustedes mismos las palabras de este libro hasta que sus mentes estén saturadas de la hermosura y la majestad de Cristo, hasta que sus mentes puedan ver la gloria del Padre en la faz de su Hijo.

Deléitense en este libro, saboreen la dulzura de este libro, amen este libro porque entre sus páginas se encuentra la gloria y majestad del Verbo de Dios.

Este podcast hace parte del proyecto El Camino de Damasco, del periodista y escritor Harold Cortés. Todos los derechos reservados.