El testigo clave en el caso de Jesús de Nazaret

Hace poco leí un artículo titulado: “¿Existió Jesús?: separando al hombre del mito”[1]. En los primeros párrafos del documento, un filósofo británico llamado Timothy Freke hace una declaración controversial sobre la existencia de Jesús. Él dijo: “Jesús nunca existió. Fue un mito creado por los judíos del primer siglo que lo modelaron después de otros dioses paganos muertos y resucitados […] Lo que estamos diciendo es que la historia de Jesús es una alegoría, una parábola del viaje espiritual”.

Muchas afirmaciones así están tomando fuerza en los últimos tiempos debido, en parte, al auge del internet. Afirmaciones que atacan el corazón de la fe cristiana. Cierto erudito del Nuevo Testamento declaró que la mayoría de estos negadores de Jesús son los “locos de internet”, pero parece ser que los argumentos de estos filósofos están cada día alcanzando mayor aceptación, incluso entre los teólogos.

El debate sobre la existencia de Jesús ha llevado a una curiosa contradicción: eruditos del Nuevo Testamento han ganado fama por acatar la existencia de Jesús y su resurrección, en lugar de defenderla.

Pero, ¿cuáles son los argumentos que señalan estos críticos de la Biblia para negar la existencia de Jesús? El artículo menciona al menos tres argumentos. Primero, los extraños paralelos entre las historias paganas en el mundo antiguo y las historias de Jesús; segundo, que ninguna fuente creíble fuera de la Biblia dice que Jesús realmente existió y tercero, que el apóstol Pablo nunca se refirió a un Jesús histórico.

Uno de los principales exponentes de estos argumentos es Robert Price, un teólogo ateo que se hizo famoso por poner en duda la existencia de un Jesús histórico. En cierta ocasión él: “El mundo occidental del primer siglo estaba lleno de historias de un héroe martirizado que se llama a sí mismo un hijo de Dios. Hay novelas antiguas de ese período en que el héroe está condenado a la cruz e incluso crucificado, pero se escapa y sobrevive”.

¡Es sorprendente la cantidad de argumentos falsos que tenemos hoy sobre la existencia de Jesús! ¡Simplemente es abrumador!

Durante muchos años, los cristianos han tenido que enfrentar estas posturas filosóficas. Algunos apologistas han tratado de argumentar que una fuerte evidencia de la existencia de Jesús son sus discípulos, después de todo, ¿quién estaría dispuesto a ser perseguido y asesinado por defender una mentira?

Pero en el texto que estudiaremos hoy, el apóstol Juan, casi cincuenta años después de haber caminado junto a Jesús, escribió en su evangelio sobre un testigo crucial que probó que Jesús sí existió, y no sólo eso, que también predicó con vehemencia que Jesús era el mesías, el Hijo de Dios, la luz del mundo.

Hubo un hombre enviado de Dios

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece, mas las tinieblas no la comprendieron.

Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino como testigo, para que diera testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él. Él no era la luz, sino para que diera testimonio de la luz.

Aquel era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él; y el mundo no lo conoció. A lo suyo vino, y los suyos no lo recibieron. Mas a todos los que lo recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él, y clamó, diciendo: Este es del que yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí, porque era primero que yo”.

En este episodio conoceremos de primera mano a Juan el Bautista, este testigo que presentó evidencia contundente e irrefutable sobre la “luz que venía a este mundo”. Segundo, explicaré por qué el mundo rechaza a Jesús como Señor y Salvador y qué lleva a que muchos nieguen tan enfáticamente la existencia de Cristo. Y, finalmente, describiré las bendiciones para aquellos que reciben a Jesús como lo que es: el Dios encarnado que vino a este mundo.

Empecemos por conocer al testigo clave en el caso de la existencia de Jesús: el versículo 6 y 7 de Juan 1 dice: “Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino como testigo, para que diera testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él” (Juan 1:6-7).

Para los judíos, la venida del mesías no era un asunto que pasaba desapercibido. Al contrario, la llegada del mesías se había convertido para ellos en un asunto de vida o muerte. El apóstol Pedro se refirió en 1 Pedro 1:10-11 a la urgencia de los profetas de Israel para saber cuándo vendría el mesías: “Los profetas, que anunciaron la gracia reservada para ustedes, estudiaron cuidadosamente esta salvación. Querían descubrir a qué tiempo y a cuáles circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando testificó de antemano acerca de los sufrimientos de Cristo y de la gloria que vendría después de estos”.

La venida del salvador del mundo fue el centro de atención de los profetas de Israel, pero también fue anunciada a los primeros seres humanos en Génesis 3:15, cuando Dios prometió que la cimiente de Eva aplastaría la cabeza de satanás.

Cuatro generaciones más tarde, Abraham recibió de Dios la promesa de que en su cimiente serían benditas todas las naciones de la tierra, refiriéndose al plan salvífico que llevaría a cabo el mesías. Deuteronomio 18:18 dice que Dios le prometió al pueblo de Israel que enviaría a un profeta como Moisés, quien le hablaría al pueblo todo lo que oyera departe de Dios.

El Señor también le prometió al rey David cientos de años después: “Cuando tu vida llegue a su fin y vayas a descansar entre tus antepasados, yo pondré en el trono a uno de tus propios descendientes, y afirmaré su reino. Será él quien construya una casa en mi honor, y yo afirmaré su trono real para siempre. Yo seré su padre, y él será mi hijo” (2 Samuel 7:12-13 NVI).

Algunos salmistas y profetas como Isaías y Malaquías profetizaron la venida futura de este salvador. Se trataba de la más grande esperanza de la nación de Israel; todos ellos, desde los niños hasta los ancianos, estaban a la expectativa de la llegada del Señor mismo a la tierra.

Muchos podrían decir: ¿Acaso el mesías de los judíos no fue un invento de esa nación para elevar la moral de sus ciudadanos? ¿No se trató quizá de una ficción con la cual Israel pretendía dominar las culturas y religiones de los países a su alrededor?

Ya he dicho que la primera promesa acerca de la venida de un salvador no fue hecha a un judío o a una nación, sino que fue dada a la primera pareja que pisó tierra. El alcance divino de esta promesa fue tan sorprendente, que incluso los magos del medio oriente, posiblemente astrólogos de Persia o Babilonia, corrieron para encontrar en un pesebre al salvador del mundo, guiados por la estrella de Belén (Mateo 2:1-12).

Lo interesante es que Dios mismo preparó la venida del mesías al mundo. Por una parte, preparó su venida con las promesas que le hizo a los primeros seres humanos. Pero también preparó su venida por medio de hombres inspirados por Dios que profetizaron el tiempo y el lugar en el que ocurriría.

Y es aquí donde entra en acción un testigo clave enviado por Dios para anunciarle a Israel que el tiempo se había cumplido. Versículo 6: “Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan”.

Dios envió a su emisario a la tierra con una tarea. Dios envió a un mensajero por iniciativa propia y no por voluntad humana, para comunicar una extraordinaria verdad a miles de personas. El versículo 7 nos explica con mayor detalle la misión de este testigo. “Este vino como testigo, para que diera testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él”.

En otras palabras, Juan el Bautista vino como un testigo para dar una evidencia judicial, una prueba contundente que haría que cualquier persona estuviera convencida de que el tiempo se había cumplido y que el mesías ya había llegado al mundo, y ese mesías era Jesús de Nazaret.

Este no es un asunto irrelevante. La expresión “vino para dar testimonio” es de suma importancia en este pasaje, porque refleja el lenguaje judicial propio del Antiguo Testamento, donde la veracidad de un asunto tenía que juzgarse a la luz de dos o tres testigos.

Por ejemplo, en Deuteronomio 19:15 Dios establece una norma para toda la nación: “Un solo testigo no bastará para condenar a un hombre acusado de cometer algún crimen o delito. Todo asunto se resolverá mediante el testimonio de dos o tres testigos”. ¿Cuál era el asunto a resolver según el evangelio de Juan? El asunto era este: ¿fue realmente Jesús el mesías prometido?

Juan el Bautista es el primero de cinco testigos de Jesús como mesías e Hijo de Dios y tendremos la oportunidad de estudiar los otros cuatro testigos. El punto es que, contrario a lo que afirmó el teólogo ateo Robert Price, Jesús no se llamó a sí mismo Hijo de Dios. Él no se autoproclamó como mesías.

El evangelio de Juan nos dice en el capítulo 1 versículo 29 que, cuando Juan el Bautista vio a Jesús acercarse al río Jordán para ser bautizado por él, dijo con asombro: ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! Este es del que yo les he hablado, este es el que es antes de mí, la luz del mundo”.

¿Juan el Bautista fue un testigo idóneo?

Alguien podría decir: “espera un momento, ¿quién es Juan el Bautista?, por qué es importante su testimonio?”. Cualquier abogado estaría de acuerdo conmigo en que no cualquier testigo es útil para resolver un asunto judicial. En una tesis titulada “El testigo idóneo, pilar fundamental para la reconstrucción de los hechos”, el abogado y especialista en derecho penal dice que la credibilidad es el asunto determinante para elegir a un testigo. Un testigo es idóneo si dice la verdad y también si su testimonio aporta suficiente evidencia para resolver el asunto.

En el caso de Juan el Bautista, ¿cuál es su relevancia como testigo? ¿Qué le hace un testigo idóneo para Dios? Creo que hay dos razones: la primera es que su ministerio fue profetizado por varias personas casi cuatro siglos antes de que naciera, y lo segundo es que, mientras estuvo en la tierra, gozo del respeto y la credibilidad de toda la nación de Israel.

En Malaquías 3:1 el Señor declara: “Yo estoy por enviar a mi mensajero para que prepare el camino delante de mí”, y como usted sabe, tuvieron que pasar 435 años para que eso sucediera.

Ahora, ¿cómo estamos seguros de que Juan el Bautista es este mensajero del que habla el profeta Malaquías? Bueno, en el capítulo 4, versos 4 al 6, el Señor dice: “Estoy por enviarles al profeta Elías antes que llegue el día del Señor, día grande y terrible. Él hará que los padres se reconcilien con sus hijos y los hijos con sus padres”.

Lo interesante es que tanto el ángel que anunció el nacimiento de Juan el Bautista en tiempos del Nuevo Testamento como Jesús mismo interpretaron que el mensajero al que se refería Malaquías era Juan el Bautista.

En Lucas 1:17 se registran las palabras que el ángel le dijo al padre de Juan el Bautista antes de que naciera, observe: “E irá delante de él con el espíritu y poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a la prudencia de los justos, a fin de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto”.

En Mateo 17:12-13, tiempo después de que Juan el Bautista fuera asesinado a manos de Herodes, Jesús dijo a sus discípulos: “Mas os digo que Elías ya vino, y no lo reconocieron; antes hicieron con él todo lo que quisieron”. Y luego el texto dice que los discípulos entendieron que Jesús les había hablado de Juan el Bautista.

Juan el Bautista también fue profetizado por el profeta Isaías. En Isaías 40:3 dice: “Una voz proclama: “Preparen en el desierto un camino para el Señor; enderecen en la estepa un sendero para nuestro Dios”. Como veremos en próximos episodios, eso mismo respondió Juan el Bautista acerca de sí mismo cuando los fariseos fueron hasta el desierto para preguntarle quién era: él respondió como un testigo: “yo soy la voz de uno que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor”.

Ahora, este testigo fue idóneo no sólo porque fue profetizado cientos de años antes de la venida de Jesús, sino porque también era respetado y honrado por el pueblo. Juan el Bautista nació en el seno de una familia sacerdotal; fue hijo del sacerdote Zacarías y Elizabeth, ambos ancianos estériles. Registros históricos del historiador Josefo aseguran que fue criado en las regiones del río Jordán y que predicó la venida del mesías a los judíos que vivían en las regiones de Samaria.

Mateo describe a este testigo así: “Y Juan mismo tenía su vestido de pelo de camello, y un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre. Entonces salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la tierra alrededor del Jordán; y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados”.

Juan el Bautista tenía tanta autoridad de parte de Dios que el tetrarca de Galilea, Herodes Antipas, tenía miedo de un golpe de estado por parte del pueblo porque consideraban a Juan un profeta de Dios. Años después de su muerte, Jesús mismo se refirió a él como: “el profeta más grande nacido de una mujer” (Lucas 7:28).

Simplemente era el testigo perfecto. El último profeta de Israel y un maestro sobresaliente. Historiadores como Josefo e incluso grupos religiosos como los islamitas, bahaistas y mandeistas escribieron en sus libros sobre la vida de este hombre nada ortodoxo. Juan era un testigo real que había indagado en el Antiguo Testamento hebreo cómo y cuándo sería la venida del mesías. Fue un mensajero fiel que apuntó a todos hacia Jesús y presentó evidencias inequívocas de su deidad.

Note lo que dice el versículo 8 de Juan 1: “Él no era la luz, sino para que diera testimonio de la luz”, su trabajo era demostrar que el Verbo de Dios se había hecho carne y era la luz de los hombres.

Veremos con detalle el alcance de su ministerio en otros episodios. Pero quiero adelantar algo: Juan el Bautista vino como testigo y como un evangelista fantástico para llevar a todos hacia la persona de Jesucristo.

¡Qué hermosos fueron sus pies!

¿Por qué vino como testigo y predicador?, porque como dice Romanos 10, ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueran enviados? Por eso dice Pablo, citando el Antiguo Testamento, “¡qué hermosos son sobre los montes los pies de los que traen buenas nuevas; del que proclama la paz, del que anuncia buenas noticias, del que proclama la salvación, del que dice a Sión: ¡Tu Dios reina!” (Isaías 52:7).

En aquellos tiempos de oscuridad y desesperanza, Juan era aquél mensajero que venía corriendo por las montañas y por los desiertos, con la frente en alto, el pecho erguido y el corazón dichoso para anunciar: “¡Está aquí! ¡El mesías está aquí!”. Viene por el desierto, preparen el camino.

¿Lo puedes escuchar? “El Señor tu Dios está en medio de ti como guerrero victorioso” (Sofonías 3:17). Aquí viene, es “el alfa y la omega, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (Apocalipsis 1:8). ¿Lo puedes ver? “¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado! ¡La gloria del Señor brilla sobre ti!” (Isaías 60:1).

Versículo 9 y 10 de Juan 1: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo”. Aquí está la luz. “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho”. Wao. ¡Qué gran noticia!

Pero, me temo que el mundo no le conoció. El mundo no entendió completamente la eternidad y autoexistencia y trascendencia y deidad de Jesucristo. No importa cuán contundente fue la evidencia presentada en los estrados del tribunal supremo de Dios, simplemente el mundo no le conoció. El versículo 11 declara: “a lo suyo vino y los suyos no le recibieron”.

El pueblo de Israel había recibido la ley, la profecía, las promesas, pero se refugiaron en su autosuficiencia y sus tradiciones religiosas. Se alejaron de Dios. Ellos esperaban que el mesías viniera montado en un corcel junto con un ejército celestial para librarlos de la opresión del imperio romano y respaldar su sistema religioso falso.

En lugar de eso, Jesús vino al mundo para enseñar un evangelio espiritual con consecuencias espirituales. Él vino a lo suyo, como dice Isaías 61, vino para anunciar buenas nuevas a los pobres. Para sanar los corazones heridos. Para proclamar liberación a los cautivos y libertad a los prisioneros. Vino a pregonar el año del favor del Señor. Vino a consolar a todos los que están de duelo, y a confortar a los dolientes de Israel.

La luz del mundo vino para anunciar un evangelio de gracia en el que Dios era el centro de atención y no la religión judía ni sus monumentos. Pero los judíos no soportaron esta verdad. Jesús explica la razón por la que muchos no le recibieron. Él dijo: “Todo el que hace lo malo aborrece la luz, y no se acerca a ella por temor a que sus obras queden al descubierto” (Juan 3:19).

Allí está la razón. Estoy convencido de que los filósofos y ateos que cité al principio de este episodio rechazan la existencia de Jesús porque no soportan su santidad. Simplemente no pueden soportar la santidad de Jesús. Sus mentes están tan entenebrecidas y cargadas de maldad que, cuando la luz viene a ellos, sus ojos carnales no soportan el brillo celestial de la santidad de Dios.

Pablo lo expresó de otra manera: 1 Corintios 2 dijo que aquellos que no ha nacido de nuevo “no [perciben] las cosas que son del Espíritu de Dios, porque [les] son locura, y no las [pueden] entender, porque se tienen que entender espiritualmente”.

Pero aquellos que han sido regenerados por la obra del Espíritu Santo tienen el poder de participar de la comunión con el Señor. Veamos lo que dice el versículo 12 y 13 de Juan 1: “Mas a todos los que lo recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.

¿Cómo puede usted recibir a Jesucristo como el mesías prometido? Note que el versículo 12 es una consecuencia del versículo 13. Los que recibieron a Jesucristo como el mesías prometido son “los que no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de hombre, sino de Dios”.

En estos dos versículos se encuentra una de las verdades más mal entendidas en los últimos mil años de historia de la iglesia. Consideremos esto: para que alguien pueda “recibir” a Jesucristo como su Señor y Salvador primero necesita ser regenerado por la voluntad de Dios, es decir, nacer de nuevo.

En otras palabras, aquellos a quienes Dios regenera les da la fe necesaria para creer en Jesucristo, y los que creen por fe en Jesucristo son incluidos dentro de la familia celestial. Esta es la gran noticia que vino a pregonar el primer mártir cristiano, el más grande testigo que existió sobre la tierra: Juan el Bautista.

“Este vino como testigo, para que diera testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él”.

Aplicación y conclusión

En una ocasión alguien le hizo una inquietante pregunta al teólogo y misionero del siglo XX, Albert Schweitzer. Le preguntaron: ¿es Jesús una persona, un mito pagano o un salvador?

Él respondió y cito: “Nunca habrá una respuesta a esa pregunta. Buscar a Jesús en la historia es como mirar hacia abajo a un pozo: verás solo tu propio reflejo. El verdadero Jesús seguirá siendo un extraño y un enigma, alguien que siempre está por delante de nosotros”. Fin de la cita.

No es de sorprender que este teólogo también fuera el autor de la frase: “Hay dos medios para refugiarse de la miseria de la vida: la música y los gatos”.

A diferencia de los ataques de estos filósofos a la existencia de Jesús y su encarnación, Juan el Bautista dio un testimonio lo suficientemente convincente como para persuadir a toda una nación de que Jesús era la luz del mundo.

Juan fue ese emisario que anunció desde los montes, con pies ligeros y corazón alegre, que la salvación del mundo había llegado. Él fue el precursor del mesías, el primer testigo ocular, un predicador diligente que confió profundamente en el evangelio como el poder de Dios para salvar a los pecadores. Su ministerio resplandece todavía hoy como un faro que guía a muchos a Cristo, es la voz de un profeta que clamó en el desierto: enderecen el camino del Señor.

Si crees que Jesús es la luz del mundo, quiero que sepas que estamos llamados a ser sus fieles testigos en un mundo cada vez peor. El predicador y teólogo reformado Martyn Lloyd-Jones dijo: “quienes conocen sus Biblias no deberían estar sorprendidos con el estado actual del mundo”. Pero si usted es un cristiano genuino, tiene que saber que quienes conocen sus Biblias deberían estar también preocupados por el estado actual del mundo.

Estamos llamados a ser testigos de Jesús, eso simplemente hace parte del sello característico de los hijos de Dios. Usted dice: “bueno, yo creo en Dios, pero no se si quiera ser un testigo público de Jesús, usted sabe cómo terminó Juan el Bautista”. Déjeme decirle que no hay otro camino para agradar a Dios. ¿Quiere ser un cristiano auténtico? Testifique de esta luz que vino al mundo.

Jesús mismo animó a sus discípulos para que vivieran esta verdad: “pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8).

Es nuestra responsabilidad ser testigos que proclaman que la luz ha venido a un mundo desértico y sin esperanza, colmado de oscuridad. Sencillamente es la más grande misión que se le pueda encargar a cualquier persona en la tierra.

Ahora, si usted está escuchando este mensaje y no conoce a Jesús, me refiero a que no ha tenido un encuentro personal con él, quiero decirle que la evidencia es contundente. Usted puede dejar pasar este asunto de la existencia de Jesús y su poder salvífico por un tiempo, pero tarde o temprano, y espero que sea más temprano que tarde, usted tendrá que lidiar con este asunto.

Quizá ha escuchado acerca de Jesús y piensa que no vale la pena ni siquiera considerarlo una posibilidad en su vida. Pero una cosa es cierta, él es el creador del universo y el salvador, aunque usted esté convencido o no lo esté. Él sigue siendo Dios, él está sentado en la majestad en las alturas y sostiene en la palma de su mano al universo y vendrá por segunda vez ya no como una luz cálida y apacible sino como fuego consumidor. Le ruego que considere a Jesucristo, ciertamente él es real y quiere que todos le conozcan.  


[1] Disponible en: https://cnn.it/3bCS9Vq.

Este podcast hace parte del proyecto El Camino de Damasco, del periodista y escritor Harold Cortés. Todos los derechos reservados.