orar

¿Cuáles son los tres pilares de una oración eficaz?

Leonard Ravenhill señaló en cierta ocasión que: “el secreto de la oración es orar en secreto”. Y aunque la frase puede parecer simple, lo cierto es que encarna una de las claves principales en el ejercicio de entablar una relación de intimidad con Dios.

Algunos consideran que la oración es una actividad con cierto poder místico, capaz de darle al creyente todo lo que quiere y desea si lo hace con fe. De hecho, parte de los estragos que ha traído la “confesión positiva” a las iglesias posmodernas es el supuesto de que todo lo que confesemos con nuestra boca sucederá pronto, no importa si eso que pedimos está en contravía de la voluntad de Dios.

La oración también puede considerarse como una actividad piadosa que revela el “nivel” de espiritualidad de un cristiano. De esta manera, la oración se convierte en una actividad útil para ensanchar mi reputación, orgullo o vanagloria delante de los hombres, pero deja de ser realmente lo que es: comunión íntima con el Padre.

Cuando Jesús introdujo el sermón del monte con la frase: “bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 5.3), estaba apuntando a que la oración, lejos de ser un intento para que Dios satisfaga nuestros deseos egoístas, es una actitud con la que admitimos nuestra pobreza y la prosperidad de Dios, nuestra bancarrota y su liberalidad, nuestra miseria y su misericordia.

“La oración es un hábito que nace de un corazón humilde y en el que la gloria y majestad de Dios se presenta como el todo del creyente”.

Como señaló John Piper, “la oración es la forma que Dios ha señalado para que nuestro gozo sea cumplido, porque es el aire que produce el calor interior de nuestro corazón hacia Cristo. Si no hubiera aire, si no pudiéramos comunicarnos con Él en respuesta a su Palabra, seríamos tremendamente desgraciados”.

Sin embargo, a pesar de su importancia, la realidad es que muchos creyentes no saben cómo orar. Tanto se ha discutido sobre el modelo, es decir, qué elementos debe tener una oración eficaz, que se ha dejado a un lado la actitud del cristiano en el proceso.

En Mateo 6.5-15, Jesús da instrucciones a sus seguidores para que desarrollen un tipo de oración eficaz, como herramienta imprescindible para producir en ellos un cristianismo auténtico. Como veremos en este sermón, una oración hecha con la actitud correcta, de la forma adecuada y con un modelo ideal puede producir el efecto al que se refirió Santiago cuando dijo: “la oración eficaz del justo puede mucho” (Stg. 5.16).

Durante los próximos minutos desarrollaré tres aspectos sobre la oración eficaz. La primera de ellas es la actitud del cristiano frente a la oración. Luego estudiaremos la forma en la que debemos orar y por último desglosaremos una por una las partes que componen la oración modelo de Jesús.

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Humildad: la actitud correcta

Creo que gran parte de efectividad de una vida de oración tiene que ver con la actitud del cristiano hacia la misma. De manera general, Jesús estableció desde el inicio del sermón del monte que los verdaderamente dichosos, felices y afortunados son aquellos que han reconocido su necesidad de Dios y su absoluta bancarrota espiritual de sí mismos cuando están apartados de Dios.

Por eso, para entender cómo se desarrolla una vida de oración eficaz, primero hay que entender cuál debe ser el carácter de aquel que se acerca a Dios en oración. Con toda certeza puedo afirmar que una persona eficaz en la oración está consciente de su estado de perdición y carencia de esperanza fuera de la gracia divina (Mt. 5.3); experimenta lamento por el pecado (Mt. 5.4); está guiado por el Espíritu Santo y no por su sabiduría y autosuficiencia (Mt. 5.5) y busca la justicia de Dios por encima de la autojustificación (Mt. 5.6).

Así empieza Mateo 6.5, poniendo en alto no solo la necesidad de orar en todo tiempo, sino la actitud del que se acerca a Dios en oración. “Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres”.

Como el conocimiento teológico, la oración puede convertirse en ocasión para engrandecer el orgullo y la vanagloria de una persona. De acuerdo con el texto, esto experimentaron los judíos de la época, a quienes “les gustaba” orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles para “ser vistos por los hombres”.

Cuando un creyente se acerca a Dios con esta actitud, está demostrando que su objetivo no es el de humillarse delante de su Señor para reconocer su necesidad espiritual, sino que, mientras con sus ojos carnales mira al cielo, con los ojos de su alma mira hacia el interior de sí mismo, en busca de reconocimiento y ovación.

La actitud de las personas que describe Jesús en este pasaje es preocupante. Primero, notemos los escenarios en los que oraban para ser vistos por los hombres: en las sinagogas y en las calles, los mismos escenarios en los que se entregaban las limosas y, por ende, donde podían ser observados y aplaudidos.

Sus oraciones no tenían nada que ver con una sincera devoción pues, aunque orar en público y de pie no era malo, ellos lo hacían para “ser vistos por los hombres”. Estos hombres y mujeres no querían ser olor fragante delante de Dios, por el contrario, querían ser reconocidos por los demás como siervos piadosos, obteniendo así cierta estima y reputación. Pero, como afirma un comentarista, ¿de qué sirve obtener de los hombres buenas palabras, si el Maestro no nos dice un día: “muy bien hecho, siervo bueno y fiel”?

“La oración es como una audiencia privada ante el trono de Dios; lo que pasa entre Dios y nosotros en los momentos solemnes de oración no puede servir de ostentación pública”.

Ante estas personas, Jesús dice: “En verdad os digo que ya han recibido su recompensa”, refiriéndose al inútil galardón de los hombres en comparación con la asombrosa esperanza de comunión que da Dios.

Por eso, en contraste con la actitud de los “hipócritas”, la voluntad de Cristo es expresada a continuación con la frase: “Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público” (Mt. 6.6).

De nuevo, Jesús enfatiza en la necesidad de todo creyente de orar y traslada el escenario público a la intimidad de un aposento que está en secreto. La actitud correcta en una oración eficaz implica elevar plegarias en secreto, en un lugar en el que no tengamos la tentación de orar para ser “vistos por los hombres”. Isaac, por ejemplo, salía al campo (Gn. 24.63); Daniel se encerraba en su habitación (Dn. 6.10); Jesús subía al monte y Pedro a una azotea (Hch. 10.9).

Por supuesto, si las circunstancias hacen imposible no ser vistos por los hombres, orar debería seguir siendo una prioridad, pues es más escandaloso aquel que no ora que aquel que lo hace delante de los hombres por vanagloria. Pese a esto, en contraste con aquellos que no pueden más que orar a Dios mientras son vistos por los hombres, los religiosos de la época de Jesús no oraban a Dios sino a los hombres.

Matthew Henry (1999) expresa esta idea al decir:

¡Ora a Dios, y que esto baste para ti! ¡Ora a Él que es tu Padre, presto a escucharte y responderte, favorablemente inclinado a compadecerte, ayudarte y socorrerte!; allí está Él, en lo secreto, donde nadie más te ve, donde nadie más está; especialmente cercano a ti, cuando tú estás lejano de los demás; al estar con Él, ¡nunca estás solo! ¡Y cómo te espera! Tiene más deseo de escucharte que tú de hablarle” (p. 1.088).

La promesa en este versículo es que “Él, que ve en lo secreto, te recompensará en público”. A esto se refería el salmista cuando escribió: “Oh Señor, tú me has escudriñado y conocido. Tú conoces mi sentarme y mi levantarme; desde lejos comprendes mis pensamientos. Tú escudriñas mi senda y mi descanso, y conoces bien todos mis caminos. Aun antes de que haya palabra en mi boca, he aquí, oh Señor, tú ya la sabes toda” (Sal. 139.1-4).

La recompensa a la que se refiere el texto es por gracia, es decir, no por una deuda que le deba Dios a aquellos que oran, sino por su infinita gracia con la cual ha decidido darles la “recompensa” de acuerdo a su fe. Aun así, debemos reconocer que, en ocasiones, las oraciones secretas de los hijos de Dios tienen su premio en este mundo, que se ven reflejadas en las señales obvias de las respuestas que Dios les da, con lo que resulta evidente que su Padre los ha oído y recompensado.

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Diálogo sincero: la forma adecuada

Mateo 6.7 muestra el segundo aspecto en una oración eficaz: la forma. El texto dice: “Y al orar, no uséis repeticiones sin sentido, como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería”.

Este versículo es una antesala del modelo de la oración entregado por Jesús, conocido popularmente como el Padrenuestro, en el que desglosa la estructura de una oración eficaz. Sin embargo, vale la pena resaltar aquí un aspecto importante: “no uséis repeticiones sin sentido”.

Si bien repetir plegarias delante de Dios es una actitud que enfatiza en la necesidad de “orar en todo tiempo”, lo que aquí reprocha Jesús son las repeticiones “sin sentido”, la repetición mecánica, la parlotería sin sentido y sin medida. Como señaló un comentarista: no es orar mucho lo que aquí se condena, sino el hablar mucho; el peligro de esto se halla cuando tratamos de decir oraciones, en lugar de orarlas.

Cuando leo esto lo primero que viene a mi mente es el catecismo católico, en el que el Padrenuestro se convirtió en vana repetición, definido por la estructura de los escapularios. Sin embargo, he conocido cristianos protestantes que han hecho de himnos o confesiones de fe “repeticiones sin sentido”.

“Al orar, debemos adoptar una forma correcta, es decir, abrir el corazón con toda disposición para entablar una comunión con Dios”.

Mateo 6.8 encarna una gran lección: “Por tanto, no os hagáis semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes que vosotros le pidáis”. Esto me recuerda aquellas religiones en las que sus seguidores adoptan posturas específicas y repiten hasta el cansancio las mismas palabras, como si por ese hecho fuesen a recibir de parte de sus ídolos algún bien. Por el contrario, Jesús nos recuerda que nuestro Padre sabe de qué tenemos necesidad antes de que le pidamos, lo que nos lleva a una gran conclusión: “no oramos para que Dios se entere de lo que necesitamos, sino para percatarnos nosotros mismos de nuestra necesidad y mostrar humildemente que dependemos de Él en todo y de Él lo esperamos todo” (Henry, 1999, p. 1088).

Charles Spurgeon señaló que “la oración es el balbuceo entrecortado del niño que cree, el grito de guerra del creyente que lucha y el réquiem del santo agonizante que se duerme en los brazos de Jesús. Es el aire que respiramos, es la clave secreta, es el aliento, la fortaleza y el privilegio de todo cristiano”.

Por eso, las vanas repeticiones sin sentido no son eficaces; nuestro Padre es Dios de relación, por eso las oraciones más poderosas son aquellas que se hacen con gemidos indecibles (Ro. 8.26) que nacen del corazón.

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El Padrenuestro: el modelo ideal

Antes de entrar en los detalles que componen el modelo de oración de Jesús, quisiera dejar en evidencia que este es el único aspecto que las Escrituras mencionan que los discípulos le pidieron a su Maestro que les enseñara (Lucas 11.2-4). En cierta ocasión, luego de que Jesús terminó de orar, los doce se le acercaron, sorprendidos, y le pidieron: “¡enséñanos a orar!”.

Ellos entendieron que la integridad y fortaleza de Jesús estaba en su vida de oración, ese era el motor que dinamizaba su ministerio, de hecho, en repetidas ocasiones, Jesús refirió parábolas y enseñanzas con respecto a este tema, que revelaban la necesidad de importunar en oración y no desmayar (Mt. 7.7-12, 26.41; Lc. 18. 1-8, 9-14).

Lo primero que tenemos que entender es que la oración modelo es eso, un modelo, no una plegaria mágica que debe ser repetida al pie de la letra. Cristo no dijo: “con estas palabras deben orar”, sino, de esta manera deben orar.

“Más que una oración ya hecha, el Padre nuestro es un índice temático que comienza por los valores supremos hasta descender a las necesidades detalladas de cada día”.

La oración modelo es tan completa que, como una carta enviada desde la tierra al cielo, contiene el destinatario: “Padre nuestro”; la dirección: “que estás en los cielos”; el contenido de las distintas peticiones; la despedida: “porque tuyo es el reino”, entre otros; el sello: “Amén”, e incluso la fecha: hoy.

Padre nuestro que estás en los cielos

La oración modelo inicia con la conocida frase: “Padre nuestro que estás en los cielos”. Pero, aunque popular entre los creyentes, la frase esconde en sí misma misterios insondables. Lo primero que muestra el texto es la condición del que ora: es un hijo delante de su Padre.

Cuando nos referimos a Dios como Padre estamos dando por sentadas ciertas verdades. En primer lugar, hemos sido hechos parte de su reino, hemos nacido de nuevo y somos parte del Cuerpo de Cristo, la familia de Dios. En segundo lugar, como Dios es nuestro Padre, debemos entablar una comunión diaria con Él y confiar en Él. Lo tercero es que este Padre está “en los cielos”, donde su nombre es “santificado”, por lo que, como vimos en Mateo 6.5, nuestra actitud debe ser de reverencia total: estamos frente al Dios que habita en los límites del universo, para quien el cielo es el estrado de sus pies, y quien es alabado por los ángeles como el tres veces santo (Is. 6.1-6).

Un comentarista lo dijo de esta manera: por ser Padre nos acercamos a Él confiadamente; por ser Celeste, nos acercamos a Él reverentemente. Como una carta enviada a casa desde el extranjero, dirigimos nuestra oración allá donde está nuestra verdadera patria, de la que, como creyentes, profesamos estar en camino.

Tres peticiones en relación con Dios

En cuanto a las peticiones que se encuentran en los versículos 10 al 13, las tres primeras se refieren directamente a Dios y a su honor, y las tres últimas a nuestras necesidades, lo que tiene especial sentido con la enseñanza de Jesús, versículos más adelante: “buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás [necesidades personales] os será añadido” (Mt. 6.33, énfasis añadido).

La primera petición de la oración modelo es que el nombre de Dios sea santificado, es decir, que se le de el honor y la gloria que le pertenecen a Él. En primer lugar, debemos dar gloria a Dios, antes que esperar recibir de Él misericordia y gracia. Segundo, Jesús nos enseña que nuestra meta debe ser que Dios sea glorificado, el cual es el fin último de toda la creación (Is. 43.7). Por último, en esta petición se incluye que el nombre de Dios sea santificado, es decir, que sus atributos (amor, misericordia, justicia, eternidad, sabiduría, entre otros), sean glorificados por todos.

El versículo 10a nos anima a pedir que el reino de Dios venga a la tierra. Jesús lo dijo en Mateo 4.17: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Como cristianos debemos desear que la gloria de Dios resplandezca sobre toda la humanidad y que, mediante la sumisión a su voluntad, es decir, nuestra santificación, el mundo conozca que Él es y que por Él existimos.

No se refiere este texto a la segunda venida del Señor, sino que más bien debemos rogar para que el reino de Dios, que se ha acercado en la persona de Cristo, sea evidente para el mundo y que, por ende, venga pronto el rey que lo gobernará para siempre.

La tercera petición que se relaciona directamente con Dios y su honor es: “hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra” (Mt. 6.10b). La verdad más asombrosa y más sencilla de esta petición es que Dios establece su reino en la tierra a través de nuestra sumisión y obediencia a todas las leyes y ordenanzas que Él ha establecido.

Quizá se pregunte: ¿acaso Dios necesita que oremos para que su voluntad se ejecute en el mundo? No. Daniel 4.35 nos recuerda que “todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, mas Él actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle: ¿Qué has hecho?”.

Él podría doblegar la voluntad de los habitantes de la tierra por fuerza, sin embargo, en este tiempo de gracia, Dios no actúa por fuerza sino por atracción, y nuestra oración debe ser que sus hijos en particular y el mundo entero en general “venga al conocimiento de la verdad” con el fin de que glorifiquen a Dios (1 Ti. 2.4).

Así oró Jesús en el Getsemaní, aunque Él mismo compartía los atributos divinos de la trinidad. Él dijo: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt. 26.42). Si el Verbo de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas y quien es la imagen del Dios invisible (Jn. 1.1-3), oró de esta manera, cuánto más nosotros debemos decirle a nuestro Padre: “capacítame para hacer lo que te agrada; dame esa gracia que es necesaria para el recto conocimiento de tu voluntad, y una obediencia total, para que no te desagrade yo en ninguna cosa que haga, ni sienta desagrado por ninguna cosa que tú me hagas”.

Martín Lutero expresó esta verdad así: “La oración no es para cambiar los planes de Dios. Es para confiar y descansar en Su soberana voluntad”. Cuánto provecho trae a nuestras almas pedir a Dios que se haga su voluntad y no la nuestra.

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Tres peticiones en relación con nosotros

Ahora, el versículo 11 nos da detalles de cómo debemos pedir a Dios por nuestras necesidades. El pasaje inicia: “Danos hoy el pan nuestro de cada día”. De manera general, el modelo de oración de Jesús pasa de los aspectos concernientes a Dios y su honor, a las necesidades físicas y materiales del creyente.

Aquí vale la pena aclarar por qué muchas peticiones elevadas a Dios no son comunmente contestadas. Santiago escribió en su epístola la razón por la que los creyentes piden mal y no obtienen los resultados que esperan de la oración. Él escribió: “Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres”.

Muchas enseñanzas actuales enfatizan en la necesidad de pedir aquello que “necesitamos” para “sentirnos mejores” emocional o físicamente. Pareja, carro, beca y casa. No obstante, el pasaje expresa una realidad indiscutible: aquello que Dios entrega sin falta y como parte de su promesa es “el pan de cada día”, esto es, las necesidades básicas con las cuales el creyente puede vivir dignamente en un mundo caído.

Pablo expresó esto a su joven discípulo Timoteo al decirle que “si tenemos qué comer y con qué cubrirnos, con eso estaremos contentos. Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición” (1 Ti. 6.8-9).

En ese sentido, pedimos pan, no golosinas ni cosas superfluas, sino lo que es necesario y sano (compare con Mt. 6.19-34). Esta es la razón por la que la asombrosa declaración de Jesús de que todo lo que pidamos al Padre, si pedimos con fe, Él nos lo dará (Mt. 7.7-11), no tiene cumplimiento en algunos creyentes, porque piden mal, para sus propios placeres. No me mal entienda, claro que Dios puede dar riquezas a quien quiere darlas, pero la oración no debe ser estorbada por un corazón que va tras las riquezas materiales, antes bien, la oración eficaz de aquellos que buscan el reino y la justicia de Dios “puede mucho” (Stg. 5.16).

A su vez, la oración incluye un componente esencial en la vida de un creyente: el perdón. El texto dice: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores” (Mt. 6.12). Jesucristo, como el fiel sumo sacerdote, quien abrió un camino hacia el Padre, nos enseña en esta oración a pedir que nuestras deudas, es decir, nuestros pecados, sean perdonados por Dios.

Algunos pueden preguntar: si Cristo ya murió por mis pecados en la cruz, ¿por qué debo pedir perdón todos los días? La respuesta es porque en nuestra carne mortal todavía mora el mal (Ro. 7.18-19). El mismo apóstol Pablo enseñó a los corintios que la vida cristiana es semejante a una pelea de luchadores, en la que el cristiano debe golpear y dominar su cuerpo (sus hábitos pecaminosos) para evitar ser “descalificado” (1 Co. 9.27). Entonces, como cristianos, debemos pedir para que Dios nos perdone nuestras deudas. Porque “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros; pero si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad” (1 Jn. 1.8-9).

La oración señala a su vez que, así como el Padre nos perdona, también nosotros debemos practicar a diario el perdón hacia los demás. Esto lo expresa mejor el versículo 14 de Mateo 6: “Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros”. Se trata de una actitud recíproca: Dios nos perdona para extender el perdón a otros y, en amor, cubrir multitud de faltas (1 P. 4.8).

Por último, Jesús enseñó a sus discípulos a orar pidiendo que Dios libre a sus hijos de toda tentación y del mal. Si tenemos en cuenta que Dios no tienta a nadie, sino que cada uno es tentado cuando es atraído y seducido por su propia concupiscencia (Stg. 1.14-15), el texto parece sugerir la siguiente traducción: “no nos sometas a una prueba dura, sino líbranos del Maligno”.

Aunque a veces Dios usa a Satanás para probarnos (vea Lc. 22.31) y a pesar de que el enemigo anda como león rugiente buscando a quién devorar (1 P. 5.8), el creyente puede tener la seguridad de que, una vez ore por el perdón de sus pecados, Dios le santificará de tal manera que pueda vencer la tentación, pues como afirmó el apóstol Pablo: “fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla” (1 Co. 10.13).

La oración modelo de Jesús termina con un sello espectacular: “porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mt. 6.13).

“¡Qué consuelo! Nuestro Padre, a quien oramos, es rey soberano, poderoso sobre todo y su gloria se extiende de principio a fin por todos los siglos”.

Esta conclusión es una declaración de confianza y gratitud, que además cierra con un “Amén”, una valiente declaración que significa: “así será”. ¿Qué cosa será? Que de Dios será el reino, el poder y la gloria. No importa si la petición que hicimos a nuestro Padre tarda en llegar, lo que realmente es gratificante y de gozo para nosotros es que Dios es el gobernador del mundo: Él es soberano; suyo es el poder: todo está bajo su control; de Él y para Él es toda la gloria: podemos confiar en que nos glorificará así como glorificó a su Hijo Jesucristo.

Una oración con corazón

La oración es uno de los aspectos más importantes del creyente. Es el complemento perfecto en el estudio de la Palabra y es el complemento perfecto en el ejercicio de la vida cristiana. Gracias a la oración, podemos relacionarnos con Dios al reconocerlo como Padre celestial. Mediante la oración conocemos la voluntad de Dios y nos sometemos a sus propósitos para nuestras vidas. Por medio de la oración recibimos fortaleza en medio de nuestras debilidades y entendemos que el Dios de la creación nos sostiene con su diestra para siempre. A su vez, nos santifica, dándonos la bendición de ser perdonados por nuestros pecados y, como si fuera poco, nos capacita para soportar la tentación.

Como hemos visto, para que una oración sea eficaz no solo hace falta un modelo adecuado, sino una actitud correcta y una forma eficaz. Quienes persiguen la gloria de los hombres en su vida de oración no obtendrán nada más, recibirán la recompensa que da el hombre, pero no las bendiciones espirituales que da el Dios y Padre de la creación para aquellos de corazón contrito y humillado (Sal. 51.17).

¿Quieres vivir un cristianismo fuerte y cultivar el hábito de la oración eficaz? Practica los principios desglosados en la Palabra y reconoce que, en la oración eficaz, la humildad es la actitud correcta, el diálogo sincero es la forma adecuada y el Padrenuestro es el modelo ideal. Como señaló John Bunyan: “en la oración es mejor tener un corazón sin palabras que tener palabras sin un corazón”.

Este sermón hace parte de una colección de enseñanzas del periodista y escritor Harold Cortés para el proyecto El Camino de Damasco. Todos los derechos reservados.