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¿Puede la mujer ser pastora?

Ha sido amplia la discusión acerca del papel de la mujer en la Iglesia local. Debo decir que, como al joven Timoteo, en ocasiones siento temor al hablar de este tema debido a que no deseo deshonrar a Dios y su Palabra. Sin embargo, tomaré el consejo de Pablo: “por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1.6-7).

Quiero decirle que este es un tema que no debemos pasar por alto cuando se habla de ministerio pastoral y del servicio en la Iglesia local. De hecho, algunas personas constantemente me preguntan: Harold, ¿cuál es el rol de la mujer en la congregación? ¿Cuáles son los dones y talentos que las mujeres están en responsabilidad de usar para el beneficio de la Iglesia? ¿Puede la mujer ser pastora?

Para entender estas preguntas, acompáñeme a 1 Timoteo 2.11-14 y estudiemos un versículo que ha sido muy controversial en diversas culturas, tradiciones y denominaciones.

La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión”.

1 Timoteo 2.11-14

Las diferentes posturas sobre este pasaje radican en que muchos creyentes al leer esta cita dicen: “Oh, Pablo eres tan machista”, o: “la cultura ha cambiado las cosas”. Otros, por ejemplo, cuestionan: “¿Quiere decir esto que la mujer no puede servir ni hacer nada en la congregación?”. Yo no me atrevería a emitir un juicio valorativo o un comentario sin antes estudiar el pasaje.

La importancia de definir los roles

La discusión del apóstol Pablo no gira en torno a lo que la mujer no puede hacer, sino más bien a todo lo que la mujer está en capacidades de hacer según el rol que Dios le asignó en la creación. Muchas mujeres se enfrascan en este punto diciendo: “¡Ah, así que eso dice Pablo!, pues se acabó mi servicio en esta Iglesia”. Antes de emitir un juicio, debemos examinar bíblicamente cuál es el rol del hombre y la mujer desde la creación del mundo.

Sabemos que Dios todo lo creó bueno en gran manera. Cuando Dios terminó la creación las Escrituras afirman: “vio Dios que todo era bueno” (Génesis 1.31). Y esto es porque todo en la creación tiene un propósito. La luna y el sol cumplen su función específica para el correcto funcionamiento del planeta. Las constelaciones, las estaciones y cada ciclo natural de la Tierra tienen una razón de ser. Incluso los animales cumplen una labor específica en la creación al mantener el equilibrio de las especies. El hombre y la mujer también fueron creados con una función específica. Primero fue Adán, el varón, quien debía administrar la Tierra, labrarla y dar nombre a los animales y luego fue la mujer, la única “coheredera de la gracia de la vida” (1 Pedro 3.7).

Note lo que Dios dijo al ver al hombre sólo: “no es bueno que el hombre esté sólo; le haré una ayuda idónea” (Génesis 2.18).

“La mujer fue creada para ser una ayuda idónea para el hombre”.

Idóneo (a) viene de la expresión hebrea azár, que significa rodear, circundar y proteger. Esta palabra tiene una connotación de aliado o ayudador, y es hermosa si se ve como uno que abraza y envuelve. ¡Es grandioso! La mujer es quien abraza al hombre y lo envuelve para ser sostén y ayuda.

Usted puede notar que hay cosas que los hombres no podemos hacer de igual manera que una mujer y viceversa. El hombre y la mujer fueron creados para ser una ayuda mutua, para trabajar en equipo, pero sin pasar por alto el rol que les fue asignado a cada uno. El hombre es la cabeza de la mujer (Efesios 5.23) y la mujer es la sabiduría que edifica el hogar (Proverbios 14.1).

A esto se refiere Pablo en el controversial pasaje mencionado. En la Iglesia de Éfeso, según el contexto de las palabras del apóstol a Timoteo, las mujeres estaban olvidando su rol. Pablo dice: “porque no le permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre” (1 Timoteo 2.12). Esto claramente es una contraparte al rol que debían ejercer los ancianos. Note lo que dice Pablo acerca de los obispos: “pero es necesario que el obispo sea apto para enseñar, que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad, (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)” (2 Timoteo 3.2, 4).

De esta manera, el ejercicio pastoral es un ejercicio de autoridad congregacional, en el que la enseñanza de la Palabra amerita un compromiso serio con la exhortación, la disciplina y la dirección de la Grey hacia lo que manda Dios. Ante la pregunta: ¿puede la mujer ser pastora?, las Escrituras claramente apuntan a que es el hombre, como cabeza del hogar, a quien Dios ha facultado para esta tarea.

Como vemos, es probable que algunos hombres y sus esposas en Éfeso estuvieran olvidando su rol en el hogar y por ende en la congregación. Lo mismo ocurrió en la Iglesia de Corinto. Las mujeres no estaban ejerciendo su rol y sus dones con toda sujeción, por lo cual el apóstol Pablo aclara que, con respecto al don de interpretar las lenguas: “Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos, las mujeres guarden silencio en las iglesias [cuando de interpretar el don de lenguas se trata], porque no les es permitido hablar, antes bien, que se sujeten como dice también la ley” (1 Corintios 14. 33-34, énfasis y corchetes añadidos).

Esta doctrina era muy común a todas las Iglesias “de los santos”, tanto griegas como judías, y es un principio universal para todas las demás. Así mismo, estaba descrito en la ley de Dios que el hombre y la mujer debían ejercer el rol que les fue asignado desde la creación (vea Génesis 3.16). Ahora bien, según el contexto bíblico, fue necesario silenciar a ciertas mujeres para preservar el orden y la sana doctrina de la iglesia; hoy las mujeres deben contar con una madurez espiritual sólida que les permita trabajar, junto a sus esposos o, si son solteras, de la mano con el equipo de ancianos y diáconos, para la edificación de la Iglesia.

¿Qué hay de malo en que la mujer ejerza dominio sobre el hombre?

Tal vez usted diga: ¿qué hay de malo en que la mujer no se sujete al hombre o que gobierne por encima de él? La respuesta es que todo Dios lo hizo bueno. Nada fue creado al azar o sin propósito, por ende, cundo la mujer y el hombre descuidan sus roles vienen los problemas. Esto es a lo que se refiere Pablo con los versículos 13 y 14 de 1 Timoteo 2. Cuando el hombre olvidó su rol de cuidador, administrador y sobreveedor, la mujer tomó la iniciativa de comer del fruto del árbol (vea Génesis 3.6).

¿Dónde estaba el hombre cuando la mujer fue tentada? ¿Por qué la mujer no consultó a su marido antes de tomar el fruto? Había un desorden en los roles y el diablo utilizó esto para traer confusión. El pasaje no dice que la mujer no puede hacer absolutamente nada debido a que por ella el pecado entró al mundo. ¡No! De hecho, las Escrituras hablan del pecado de Adán, y Pablo dice que por un hombre entró el pecado (Romanos 5.12). No se trata de quién fue la culpa, se trata de roles y responsabilidades.

He escuchado algunas mujeres decir: “las cosas han cambiado; la mujer no es la misma de hace dos mil años. La liberación femenina es un hecho en el mundo entero. Las mujeres y los hombres tenemos los mismos derechos. El pueblo judío es un pueblo machista, las mujeres también podemos liderar congregaciones, empresas y asuntos públicos”.

Es indiscutible el rol de la mujer en la actual sociedad, sin embargo, volvemos al eje principal: no se trata de dignidad, derechos o superioridad física e intelectual, pues el hombre y la mujer son totalmente iguales. Se trata de roles. Pablo explica esto y rompe toda barrera ideológica y cultural al decir que: “Adán fue formado primero, después Eva” (vs. 13). No se trata de la cultura, tampoco de un tabú Latinoamericano, ni de la liberación femenina, ni mucho menos de 2000 años de historia: Se trata de roles.

“Cuando un hombre y una mujer encuentran su rol en la familia y la Iglesia, todo resulta en bendición”.

Cuando un hombre trabaja junto con su esposa para proveer y sostener el hogar, y cuando ambos se aman en el amor de Cristo, respetando el liderazgo del hombre para la guía del hogar y la sabiduría de la mujer para la toma de decisiones, ambos, como ayudas complementarias y no como tiranos que quieren gobernar uno por encima del otro, todo resulta en mucha bendición. Lo mismo ocurre en el liderazgo de la Iglesia según vemos a través de toda la historia bíblica.

El caso de Débora

Surge una pregunta: ¿acaso Débora no fue una jueza? ¿No habla esto del papel de la mujer como dirigente de una nación? Varias cosas hay que decir al respecto. La historia está en Jueces 4 y 5. Ella fue la única jueza en la historia de Israel y ejerció un cargo público de autoridad debido a que los jueces, los sacerdotes, los ancianos y dirigentes de Israel no contaban con un liderazgo sólido, antes bien, estaba enmarcado en el pecado y la burocracia. Veamos un comentario respecto a este periodo trágico de la historia de Israel:

“El tiempo de los Jueces de Israel es un período dramático en la historia del pueblo de Dios. Mucho se ha hablado y escrito de la crisis de Israel durante ese período tumultuoso y desordenado, en donde Israel iba dando tumbos, pasando por largos períodos de pecado, dificultades, clamores y victorias, para luego volver a ese mismo círculo vicioso una y otra vez por muchos años. Una de las primeras cosas que llama la atención de ese período es la falta de continuidad en el liderazgo luego de la muerte de Josué. A diferencia de la partida de Moisés, Josué también da una exhortación final a Israel, pero no menciona por ningún lado a un posible sucesor. ¿Es que acaso Israel carecía de liderazgo? Al parecer, lo que había era una burocracia nacional, porque cuando Josué da su discurso final, él mandó a llamar, «… a los ancianos de Israel, a sus jefes, a sus jueces y a sus oficiales…» (Jos. 24:1). Es evidente que Israel tenía muchas «autoridades», pero carecía de un verdadero liderazgo espiritual” (Matthew, 1999, p. 1630).

Sumado a esto, el quinto juez de Israel, Barac, estaba acobardado y no se ajustaba a la voluntad de Dios. Ningún líder tomaba la rienda de los asuntos políticos y espirituales del país. Entonces, Dios llama a una mujer y la envía con una misión específica. Tiempo después, al ser restaurado el liderazgo y el sacerdocio del pueblo, la mujer toma el rol que le corresponde en el pueblo. Usted podrá notar que nunca en la historia de la Biblia se habla de una sacerdotisa, pero sí se habla de una familia sacerdotal compuesta por un sacerdote, su esposa e hijos (vea la historia del sacerdote Zacarías y su esposa Elizabet en Lucas 1.5-25).

Cambiemos la pregunta: ¿cuál es el ministerio de la mujer en la iglesia?

Vendría bien cambiar la pregunta: ¿puede la mujer ser pastora?, a la pregunta: ¿qué tanto puede hacer la mujer en la congregación? La respuesta a la segunda pregunta es: ¡mucho! Toda la historia del pueblo de Israel, la historia de los Evangelios y la historia de la Iglesia primitiva habla del rol de la mujer. Es extraordinario ver tantas mujeres ayudando en la obra del Señor, aplicando sus dones para el beneficio del pueblo de Dios.

Entonces, ¿habla la Biblia acerca de diaconisas? Claro que sí. En los requisitos de los diáconos se hace mención a las mujeres: “las mujeres asimismo sean honestas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo” (1 Timoteo 3.11).

Este pasaje no habla acerca de las esposas de los diáconos, habla sobre el carácter que deben tener las mujeres que ejercen este cargo. Bíblicamente, las mujeres están en capacidad y responsabilidad de ejercer todas las funciones que pueda ejercer un diácono dentro de la congregación.

Matthew Henry, en su Comentario Bíblico, afirma que las mujeres deben ejercen todo tipo de servicio eclesial desde orar en la asamblea, profetizar la Palabra de Dios a los perdidos, dar reportajes misioneros, asistir campañas misioneras, compartir testimonios personales, dar palabras de instrucción en reuniones de mujeres, administrar y enseñar en la escuela dominical (escuela de niños y seminarios bíblicos), y fortalecer las comunidades de tipo misional que todavía no están plenamente organizadas como iglesias, donde aún no hay varones suficientes equipados para trazar rectamente la Palabra de verdad.

¿Y las mujeres que ya son pastoras?

Si usted está pensando en las mujeres que conoce y que ejercen el ministerio pastoral, o si por el contrario usted es una pastora y surge la pregunta: ¿qué ha pasado desde los tiempos bíblicos hasta ahora?, la respuesta es que, cuando no hay hombres valientes, devotos y capacitados para ejercer santa y piadosamente la labor del anciano y sobreveedor, la mujer ha tomado el control, evitando que muchas congregaciones se desmoronen y cierren sus puertas.

Doy mil gracias a Dios por las mujeres valientes que edifican la Iglesia del Señor, aun así, esto no es una excusa para edificar ministerios con estas características. Es necesario hacer un llamado a los hombres para que sean esforzados y cumplan su rol en la Iglesia local (Deuteronomio 31.7, 23; Josué 1.6, 7, 9, 18; 1 Samuel 4.9; 1 Reyes 2.1-3; 1 Corintios 16.13-14; Filipenses 1.27; 2 Timoteo 1.6-8). Pero también es urgente que las mujeres reconozcan a estos hombres valientes y les permitan ejercer su llamado.

Valdría la pena evaluar estos casos y hacer un esfuerzo por establecer el modelo bíblico para el beneficio de la Grey: una familia pastoral que haga parte del equipo de ancianos, compuesta por un hombre y una mujer que temen al Señor, en la cual el hombre es la cabeza de la mujer y la mujer se sujeta a él como su ayuda idónea. Esto no significa que un hombre soltero no pueda ser anciano, pero es un llamado a levantar en alto el rol bíblico del hombre y la mujer en la creación. Resultará de mucha bendición lanzarnos confiadamente a la doctrina del Dios eterno.

Este artículo hace parte del libro Apacienta mis ovejas, escrito por Harold Cortés. Todos los derechos reservados.