Viviendo en la plenitud del Hijo de Dios

Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria”.

Colosenses 3.1-4

Este texto es muy teológico, hay verdades y tesoros escondidos aquí que se deben descubrir en oración. El texto habla de al menos tres misterios que no cualquier persona podría entender, porque es necesaria una comunión con Cristo para comprenderlo.

  1. Versículo 1: “hemos resucitado con Cristo”.
  2. Versículo 3: “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”.
  3. Versículo 4: “seremos manifestados con él en gloria”.

Cuando una persona se convierte a Cristo, se bautiza, y empieza a asistir a una iglesia, inicia un camino de perfeccionamiento. Al principio, esta persona adquiere ciertos hábitos como orar, leer las Escrituras, asistir al culto y cantar alabanzas, pero hay una cosa que sucede en este nuevo creyente: en él o ella todavía hay hábitos de su antigua naturaleza. Nadie que se bautice porque ha creído en el Señor puede decir que el agua le lavó sus malos hábitos en ese mismo instante.

Muchos de los jóvenes que discipulé cuando vivía en Cali me preguntaban constantemente: “si yo me bauticé y si yo leo mi Biblia y asisto a la iglesia, ¿por qué sigo haciendo cosas malas? ¿Por qué sigo viendo pornografía? ¿Por qué sigo sintiendo atracción hacia cierta jovencita? ¿Por qué sigo teniendo rencor con mi papá? ¿por qué todavía siento ganas de pecar?”

Creo que el problema tiene que ver con perspectiva, con enfoques.

Cuando miraba a estos jóvenes, su comportamiento, sus hábitos, me daba cuenta que su enfoque no era el adecuado. Por una parte, estaban más preocupados por cómo los veían los demás que por cómo los veía Dios. Por otra, su entrega y dedicación a las cosas de Dios, a los misterios de Dios era poca o nula. Se contentaban con escuchar un sermón del pastor, o leer un corto devocional cada cierto tiempo, pero descubrí que realmente no conocían quién era Dios.

“Entonces, ¿por qué pecamos?”, me decían. “¿Qué podemos hacer para vivir vidas cristianas fuertes, como la de aquellos personajes de la Biblia?”. Yo les respondía: “deben conocer realmente al Dios que profesan. Deben conocer realmente a Dios. Esto debe ser una práctica continua en ustedes, debe ser su pan de cada día. Deben dedicarse a conocer a Dios“.

¿Tu corazón está satisfecho con Dios?

John Piper dijo en cierta ocasión: “El pecado es lo que haces cuando tu corazón no está satisfecho con Dios”.

Como cristianos nos pasamos la mayor parte de nuestro tiempo aprendiendo cómo servir mejor a Dios. Cómo orar según el este o aquel modelo. Cómo leer el Antiguo Testamento o cómo cantar mejor o tocar mejor un instrumento. Nos dedicamos a aprender cómo estudiar cierto pasaje en el idioma original, o cómo podemos llegar a tener cierto don espiritual. Como cristianos pasamos horas descubriendo cómo llegar a los jóvenes, qué métodos evangelísticos debemos utilizar para ser más impactantes. Pero cuántos cristianos dedican suficiente tiempo para conocer quién es Dios. Cuántos están total y plenamente entregados a esta misión: conocer mejor a su Señor.

“Si pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Colosenses 3.1). Este texto es la clave de la madurez espiritual de un creyente. No se trata de ser un creyente en Dios, sino de conocer a Dios.

Observe el versículo 1 de Colosenses 3: “Si habéis resucitado en Cristo”. Algunos comentaristas sugieren la traducción: “puesto que han resucitado en Cristo”, ¿qué debemos hacer?, “buscar las cosas de arriba”.

“Cuando Cristo murió en la cruz ocurrió un misterio: desde ese momento, todos aquellos con creen en él para salvación murieron con Él a su carne y a su pecado”.

Romanos 6.3 dice: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?”. Cuando decimos que somos cristianos estamos asumiendo nuestra muerte también. Pero cuando asumimos esta muerte, también debemos asumir que hemos resucitado juntamente con él. Observe lo que dice Romanos 6.4.

Por tanto, hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte, a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida”.

Romanos 6.4.

Hemos resucitado junto con Él, para que andemos en nueva vida. Estamos vivos en Él y tenemos la posibilidad y la tarea más grande, la más importante: conocerlo a Él. Ahora que estamos vivos en Él podemos entender verdades, realidades y bendiciones espirituales, así como la voluntad de Dios.

En Efesios Pablo dice: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1.3).

Dios Padre y Dios Hijo nos bendijeron con una bendición espiritual: que podamos conocerlo a Él. A eso se refiere el texto. Conocer a aquel que está en los lugares celestiales, Cristo. Esta es la meta de un verdadero cristiano. Sobre esto, Leonard Ravenhill, teólogo y pastor, dijo: “la finalidad de conocer la Palabra de Dios es conocer al Dios de la Palabra”.

Debemos buscar las cosas de arriba

Volviendo al versículo 1 de Colosenses: “si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”.

Hace varios años asistí a una iglesia muy grande en Cali, donde me bauticé. Al principio, como era inmaduro en la fe, me contentaba con ir a los servicios de jóvenes y adultos, me contentaba con ir a la escuela de liderazgo y a un grupo de estudio muy pequeño que organizaba uno de mis líderes. Para mí las enseñanzas de los líderes y el pastor eran útiles: cómo tener fe. Cómo pedirle a Dios algo. Cómo tener un noviazgo conforme a la voluntad de Dios. Cómo tener metas en mi vida y lograr mis sueños. Cómo comportarme en el mundo y con mi familia.

Todo eso estaba bien, pero llegó un momento en el que sentí que mi carne estaba ganando terreno. Era como si no tuviera la suficiente fortaleza espiritual para superar mis tentaciones, ni para perseverar en las dificultades y pruebas. Me rendía muy fácil, caía muy fácil, me entristecía muy fácil.

Por su puesto, cuando terminé la escuela de liderazgo de esta iglesia, un año después, yo tenía hábitos de servicio: predicaba la palabra, servía en los cultos, evangelizaba en los buses, leía la Biblia y hacía un devocional, pero sentía que mi vida no era madura en la fe.

Durante estas épocas conocí a un hombre que impactó mucho mi vida. Él me dijo en una ocasión: “nunca vas a ser un cristiano maduro si no conoces a Cristo”, y luego me explicó que yo necesitaba comer una comida más nutritiva, llamada Cristo.

Recuerdo que le dije: “yo sirvo en la iglesia, yo oro, yo estudio la Biblia”. “Pero, ¿conoces a Dios”?, me preguntó de nuevo. Era cierto, no conocía plenamente a Dios.

Observe lo que dice el texto: “buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la Diestra de Dios”. Hermanos, en las cosas de arriba está Cristo sentado a la diestra de Dios. Allí está este magnífico Dios. Debemos conocerle.

“¡No te contentes con leer un pasaje bíblico! ¡No creas que es suficiente con oír un sermón o incluso con servir en la Iglesia! Debes dedicarte a conocer a Dios”.

Quiero apoyar esto con algunos pasajes de la Biblia.

Colosenses 1:9: “Por esta razón, también nosotros, desde el día que lo supimos, no hemos cesado de orar por vosotros y de rogar que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría y comprensión espiritual”.

Filipenses 3.8: “Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo”.

Juan 17.3: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

Daniel 11.32: “mas el pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará”.

1 Pedro 1.13: “Por tanto, ceñid vuestro entendimiento para la acción; sed sobrios en espíritu, poned vuestra esperanza completamente en la gracia que se os traerá en la revelación de Jesucristo”.

1 Juan 5.20: “Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento a fin de que conozcamos al que es verdadero; y nosotros estamos en aquel que es verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna”.

Debemos conocer los atributos de Dios

Debemos conocer su autoexistencia: Él existe por sí mismo desde la eternidad, nadie lo creó a Él sino que Él es la fuente misma de la vida. Él existe por el poder de su gloria y es la materia creadora de todo cuanto existe.

Debemos conocer su trascendencia: Él está por encima de todo, está más allá de nuestro alcance. Es el único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible; a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. Sus pensamientos no son nuestros pensamientos, ni sus caminos nuestros caminos. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así sus caminos son más altos que nuestros caminos, y sus pensamientos más que nuestros pensamientos. Job dijo acerca de su trascendencia: “He aquí, estos son los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve es la palabra que de Él oímos! Pero su potente trueno, ¿quién lo puede comprender?”.

Debemos conocer su eternidad: Él no habita en este tiempo y el espacio no puede contenerlo, Él ha existido siempre y su reino es sin fin, no ha tenido inicio ni tendrá final. Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: “Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos”. Y antes de que nacieran los montes y fueran formada la tierra y el mundo, desde el siglo hasta el siglo Él es Dios.

Debemos conocer su omnipotencia: nada hay imposible para Él. Dios puede hacer que un vientre estéril vuelva a tener vida, Él puede caminar sobre las olas del mar y mandar a los vientos que le obedezcan, Él puede resucitar a los muertos y dar vista a los ciegos, en Él está el poder y el imperio.

Debemos deleitarnos en su inmutabilidad: nunca cambia, es el mismo ayer, hoy y por los siglos, sus decretos son en Él sí y el Él amén, y no pude negarse a sí mismo sino que todo lo que ha dicho que hará lo va a hacer.

Debemos conocer su omnisciencia: no hay nada que no conozca de nuestro pasado, presente y futuro, aún las cosas más ocultas en la tierra son visibles para Él. Dios es el que conoce el corazón de todos los hombres y nadie puede tomar una decisión sin que Él de antemano sepa cuál es.

Debemos conocer su sabiduría y su fidelidad y a su amor. Porque de tal manera amó al mundo que entregó a su hijo para que todo aquél que en Él crea no se pierda, sino que tenga vida eterna.

Debemos conocer su infinitud: Él habita en los límites del universo, ninguna medida creada por el hombre podría jamás medir la extensión, la anchura o la profundidad de Dios. No hay ley natural que pueda contenerlo porque su tamaño no es cuantificable, ni siquiera la palabra infinito puede describir su grandeza y su tamaño y su majestuosidad. Él es infinito en todos sus atributos y todo lo que hace está determinado por su infinitud; el ama infinitamente, y odia el pecado infinitamente y es infinitamente santo y misericordioso. Toda la galaxia y todo lo que conocemos en el espacio es para Él como una diminuta partícula, más pequeña que un átomo. Él es infinito.

Debemos conocer su inmensidad: en Él está la fuente de toda la sabiduría contenida en el universo. No es tan inmenso como una montaña ni como el insondable océano, ni siquiera es tan inmenso como el planeta Tierra o el Sol; Él es incontenible, sus pensamientos y sus designios y su poder sobrepasan todo cuanto existe y nadie puede contenerlo en una iglesia, ni en un templo, ni en una doctrina.

Debemos conocer su bondad: “¡Cuán preciosa es, oh Dios, tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se refugian a la sombra de tus alas”. “Él es bueno y bienhechor, su misericordia se extiende de extremo a extremo cubriendo multitud de faltas”. Él no escatimó ni a su propio hijo sino que lo entregó por nosotros, ¿cómo no nos dará con él también todas las cosas? Él es bondadoso, ama el bien y se deleita en el bien.

Debemos conocer su justicia: “Porque el Señor nuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas ni acepta soborno”. “Nubes y oscuridad hay alrededor de Él, justicia y juicio son el cimiento de su trono”, nadie puede permanecer en su pecado sin que Él declare su sentencia de juicio. Él pagará al impío en su tiempo por su pecado. “Suya es la venganza y la retribución y a su tiempo el pie de los pecadores resbalará”.

Debemos conocer su misericordia y su gracia: no tuvo en cuenta su propia gloria, sino que se hizo hombre y habitó entre nosotros, como el unigénito Hijo de Dios. Su gracia cubrió toda las faltas y pecados pasados, presentes y futuros de su iglesia. Y “cuando estábamos muertos en nuestros delitos y en la incircuncisión de nuestra carne, nos dio vida juntamente con Él, habiéndonos perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio, clavándolo en la cruz”.

Debemos conocer su omnipresencia: Él está en todo asunto del ser humano, y su presencia escudriña todas las cosas, nadie puede esconderse de Él. Cuando alguien pregunta: “¿dónde está tu Dios en este mundo de maldad?” La respuesta es sencilla: Él está sentado en la majestad en las alturas, sobre los límites del universo, su trono está rodeado de ángeles y sus faldas cubren el cielo, y observa todo lo que ocurre en la tierra y algún día vendrá para ejecutar su santo juicio en los moradores de la tierra para darle a cada uno el pago por sus obras, y más vale que tu estés en el lugar correcto cuando venga, porque su promesa no tarda, sino que es paciente para con todos.

Debemos conocer su inmanencia: Dios no solo está en todas partes sino que su ser está en cada partícula, átomo, célula, cada molécula está llena de Él, Él inunda todo con su poder. En Él vivimos, y nos movemos, y somos, cuando usted está en su carro de camino al trabajo, cuando usted está en el parque y respira el aire del campo, allí está Él. No podemos huir de su presencia. “A dónde iremos lejos de su Espíritu”. Si subimos a los cielos allí está Él, y si morimos, allí está Él, si habitáramos en el extremo del mar allí nos guiará con su mano y nos asirá con su diestra, Él lo llena todo, Él está en todo.

Debemos conocer su santidad: ¿Quién como Dios entre los ídolos inventados por los hombres? “¿Quién como él magnífico en santidad?”. Ni aún los cielos son limpios delante de sus ojos dijo Job, ni aun la misma luna resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de sus ojos, es santo, santo, santo, no hay ni una fracción de pecado en Él. Está completamente apartado de todo y ni siquiera los ángeles pueden verle cara a cara porque su santidad es el resplandor de su gloria.

Y debemos conocer su perfección: si hay algo en el universo que no tenga ningún defecto es Dios. Su perfección no puede compararse con nuestro concepto de perfección. El ser humano puede crear cosas con cierto grado de perfección, pero su perfección no es como la nuestra. No podemos entender su perfección porque Él es infinitamente perfecto y no hay ningún aparato en el mundo que pueda medir algo infinitamente perfecto. Él es perfecto en su juicio, Él es perfecto en su voluntad y en sus planes. Él es perfecto en sabiduría y en inteligencia, y el ama perfectamente y juzga perfectamente, Él sabe todas las cosas de todos los hombres con total perfección. Cuando Él hace algo lo hace perfecto, sin defecto, nada hay en la tierra que haya sido creado por Él que no sea perfecto, y Él vendrá por una iglesia perfecta, sin mancha y sin arruga, Él nos llevará a la perfección definitiva, a la plenitud de la estatura de Cristo, su Hijo perfecto. Él es la perfección misma.

Debemos conocer a este Dios, hermanos, “debemos buscar las cosas de arriba”, debemos insistir, incansablemente, en la búsqueda de este Dios. Debemos dedicarnos por completo a esta búsqueda. Allí está la plenitud del Cristiano, en conocerle a él. Debemos poner la mira en este soberano y eterno Dios, no en las cosas de la tierra. Porque hemos muerto, y nuestra vida está escondida en la eternidad con Cristo, en Dios.

¿Las Escrituras te influencian más que el mundo?

El misionero Paul Washer dijo: “No podemos conocer a Dios en su plenitud si el mundo nos influencia más que las Escrituras”. Hay dos ejemplos que quiero poner sobre la necesidad de buscar las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.

Parábola del tesoro escondido: “Además el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene y compra aquel campo” (Mateo 13.44).

La perla preciosa: “También el reino de los cielos es semejante a un comerciante que busca buenas perlas, y al hallar una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró” (Mateo 13.45).

Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Este es nuestro tesoro, nuestra perla preciosa. No malgastes tu tiempo buscando las cosas de la tierra: qué habrás de comer, o qué habrás de beber, o qué habrás de vestir. Cuál será el próximo vehículo que compraré. Quién será mi novio o novia, con quién me casaré, qué estudiaré, en qué trabajaré. Todo esto el Señor lo conoce y tiene cuidado de nosotros.

Observe lo que dijo Jesús en el sermón del monte:

No os acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban; sino acumulaos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban; porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (…) Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Por tanto, no os preocupéis por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástele a cada día sus propios problemas”.

Mateo 6.19-22; 33-34.

Muchos de nosotros admiramos al hermano Pablo. Un verdadero seguidor del Señor. ¿Cuál era la clave de su fortaleza espiritual?: “Pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y este crucificado” (1 Corintios 2.2).

Entonces, Colosenses 3.4: “cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste, entonces nosotros también seremos manifestados en Él en gloria”. Nuestra vida está en conocerlo a Él y vivir en su plenitud, día a día.

Esta enseñanza fue compartida en la iglesia Dios es Amor en Bogotá, Colombia, el 11 de octubre de 2020. Derechos reservados.