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¿Está obsoleto el modelo de liderazgo de la iglesia “primitiva”? 4 claves para creer que no

Cuando escuchamos la palabra “primitivo” pensamos inmediatamente en el mito de la era de las cavernas. Imagina por un momento a este ficticio hombre prehistórico de barba larga que caminaba como un simio, sin capacidad de razonar de manera abstracta y comunicarse fluidamente. Nada más alejado de la realidad, ¿verdad? Quizá por esta razón muchos líderes consideran que la Iglesia “primitiva” está, si me permite usar esta expresión, “pasada de moda”.

Algunos afirman que los avances tecnológicos presentes en la nueva era y los desarrollos sociales y antropológicos están muy por encima del tiempo bíblico. Para muchos, los más de 2000 años que han transcurrido desde el nacimiento de Jesús han revolucionado la historia y es menester ajustar la Iglesia según las nuevas perspectivas contemporáneas; perspectivas que desafortunadamente no tienen fundamento en las Escrituras y fueron concebidas en la mente de personas con poco respeto y celo por las cosas santas. Es tanto el afán de algunos líderes por un enfoque contemporáneo que han incluido en sus doctrinas el pensamiento de personas como Sigmund Froyd, el “padre” del psicoanálisis, o creencias basadas en la antropología social según las teorías de la evolución.

“Es lamentable pensar en Cristo como alguien que pasa de moda”.

Sé que, con dificultad, un cristiano en América Latina decidiría ponerse una túnica judía para salir a la calle, pues el elegante lino ya es fabricado en forma de camisa de botones y pliegues pegados al cuerpo. Pero, a diferencia de la ropa y otros accesorios, lo que nunca pasa de moda son los principios bíblicos y la doctrina de nuestro poderoso Señor Jesucristo. Él lo confirmó cuando dijo que: “el cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán (Mateo 24.35).

De hecho, Él le dijo al Padre, mientras oraba por sus discípulos, “santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad” (Juan 17.17).

De modo que, la Palabra de Dios no sólo es autoritativa, infalible, sino que también es eterna, no pasa de moda. No hay error en ella, no morirá nunca en el tiempo, no pasará de moda. Si es así, los líderes y pastores deben meditar en ella para descubrir cuál es el plan de Dios para la Iglesia, un plan igualmente infalible, autoritativo, eterno y lleno de poder.

Permítame viajar en el tiempo y retomar tres momentos especiales que registran el modelo de liderazgo a través de la Biblia, esto proveerá un armazón para reafirmar, redirigir y potenciar el trabajo pastoral que se lleva a cabo en la Iglesia local, donde predomina el ejercicio pastoral individual o unitario.

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Moisés y los 70 hombres formidables

Moisés fue un gran líder en la historia del pueblo de Dios. Fue llamado y escogido por Él para presidir al pueblo de Israel y demostró que el miedo y la duda están por debajo del poder autoritativo de la Palabra de Dios. Era un hombre que no se acobardó cuando debía dirigir, sin embargo, hubo un periodo de su liderazgo en el que estaba a punto de “tirar la toalla”. Era un hombre para todo el pueblo. La Biblia nos indica que, bajo su cuidado, había más de 600 mil varones y sus familias. Moisés tuvo suerte de no morir de un agotamiento mental y físico debido a la extenuante labor.

El modelo de Moisés en sus primeros años de liderazgo era así: trabajaba con un grupo de personas que se encargaban de llevar el arca del pacto, dirigir las batallas, pastorear el ganado, entre otras labores. Él dirigía al pueblo según las necesidades de cada uno. Todos opinaban, todos dirigían, cada uno según sus intereses.

Se podría decir que Moisés trabajaba con un modelo de pirámide invertida, en el cual el líder principal vive en función de las necesidades y caprichos de la congregación, y esto estaba debilitando su vida poco a poco. Sin embargo, una inesperada visita llegó su tienda y recibió ánimo para implementar un sistema de gobierno mucho más eficaz para dirigir a tantas personas. Su suegro Jetro, sacerdote de Medían, le exhortó a que delegara funciones sobre ciertos varones con el objetivo de distribuir las cargas y producir mejores resultados. Tengamos en consideración el siguiente pasaje:

Viendo el suegro de Moisés todo lo que él hacía con el pueblo, dijo: ¿Qué es esto que haces tú con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta la tarde? Y Moisés respondió a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen asuntos, vienen a mí; y yo juzgo entre el uno y el otro, y declaro las ordenanzas de Dios y sus leyes”.

Éxodo 18.14-16.

Aquí vemos el modelo mosáico para el liderazgo del pueblo de Israel. Él era semejante a un sumo sacerdote y todo el pueblo era dirigido según sus ordenanzas. Esto, por supuesto, lo llevó hasta el cansancio e inevitablemente no permitió que todos fueran pastoreados y aconsejados como se esperaba. Veamos la respuesta de Jetro:

“Entonces el suegro de Moisés le dijo: No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo”.

Éxodo 18.17-18.

Jetro fue contundente y firme: “no está bien lo que haces”, le dijo a Moisés. No estaba bien porque no habría Moisés por mucho tiempo si continuaba así. Pero es interesante la siguiente declaración: “y también desfallecerá este pueblo que está contigo”.

El pueblo de Dios es perjudicado directamente cuando no se cuenta con un modelo bíblico para el liderazgo de la Iglesia.

“Cuando se administra a la Iglesia de formas diferentes a lo establecido por Dios, el resultado es un pastor cansado y una Iglesia desatendida”.

Mi deseo es que comprenda que Dios no hace nada sin propósito, de hecho, cuando cumplimos con los mandatos bíblicos, Él nos promete paz y descanso para nuestras aflicciones (compare con Mateo 11.28). El método de Dios da resultados y aliviana las cargas. Observe, por ejemplo, lo que sucedía con los judíos del tiempo de Jesús, estaban cansados de cumplir las leyes y normas de los escribas y fariseos y por eso Él les dijo: “vengan a mí y descansen”.

Del mismo modo, Dios le proveyó a Moisés un alivio para sus cargas a través del consejo de su suegro. Veamos:

 “Oye ahora mi voz; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Está tú por el pueblo delante de Dios, y somete tú los asuntos a Dios. Y enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde deben andar, y lo que han de hacer. Además, escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez. Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga de sobre ti, y la llevarán ellos contigo. Si esto hicieres, y Dios te lo mandare, tú podrás sostenerte, y también todo este pueblo irá en paz a su lugar”.

Éxodo 18.19-23.

El increíble plan del suegro comienza diciendo: “Oye ahora mi voz; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo”. Es una tremenda declaración. Es una frase que hace juego perfecto con Proverbios 11.14: “donde no hay buen consejo, el pueblo cae, pero en la abundancia de consejeros está la victoria”.

El suegro le recomienda a Moisés dedicarse a las cosas de Dios para ser lleno de su sabiduría y poder, de su gracia y misericordia, para que instruyera al pueblo en toda ordenanza y ley. Pero también le aconseja escoger de entre todo el pueblo un número específico de varones.

Es importante ver qué clase de varones eran, observe: “varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia”. El punto es que no todos eran aptos para semejante tarea. Debían ser virtuosos, es decir, de buenos principios éticos y morales, además, temerosos de Dios, llenos de la verdad y que no codiciaran ganancias deshonestas ni hicieran el trabajo por un beneficio a cambio (compare con 1 Timoteo 3. 1-13).

Si usted continúa leyendo, se dará cuenta que Moisés escogió de entre todos los hombres del pueblo a 70 ancianos, no por su apariencia física, su vestimenta o posición social, sino porque Dios le había dado a Moisés la sabiduría para reconocer en ellos los rasgos del liderazgo fuerte; sólo a ellos Moisés les dio autoridad para dirigir, junto con él, al pueblo de Israel. Todos los asuntos eran dirigidos por ellos y tenían autoridad para presidir la congregación. Desobedecer a estos ancianos era desobedecer a Moisés y por tanto a Dios.

De esta manera, dicho modelo se convirtió en un principio de liderazgo para el pueblo, tanto así que en Números 11.16 Dios reconoce a estos hombres como los ancianos del pueblo: “entonces el Señor dijo a Moisés: reúneme a setenta hombres de los ancianos de Israel, a quienes tú conozcas como los ancianos del pueblo y a sus oficiales, y tráelos a la tienda de reunión y que permanezcan allí contigo”.

Así continuó hasta los tiempos de Jesús con el sanedrín y, posteriormente, fue retomado por los apóstoles durante la formación de la primera Iglesia cristiana, en época del imperio Romano.

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Jesús y el legado de los doce

Doce hombres son mejor que uno. Esto es indiscutible. De allí que el legado de los doce discípulos se convirtiera en un modelo bíblico para la Iglesia naciente. Fue a ellos a quienes Dios escogió para aprender de Jesús los misterios de la fe y, con base en ello, dirigir a la Iglesia de Cristo en Jerusalén y expandirla hasta los confines de la tierra.

Mateo, el escritor del primer evangelio del Nuevo Testamento, nos relata el momento en el que Jesús dotó de autoridad a los doce discípulos: “entonces, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó” (Mateo 10.1-4).

Podría decirse que ellos estaban siendo preparados para ser los ancianos de la futura Iglesia de Jerusalén. Esto, obviamente, no quiere decir que ellos fueran los ancianos de Jesucristo. No debe entenderse la palabra anciano igual a apóstol. El anciano es uno que cuida, el apóstol es uno que ha sido enviado con una misión evangelística.

Pero, independientemente de cómo es que varios de los apóstoles se convertirían en los ancianos de la Iglesia de Jerusalén, lo cierto es que Jesús no podía liderar los asuntos del Reino en la tierra con los saduceos y los fariseos, pues dichos ancianos no estaban dispuestos a aceptarlo como su Señor y Salvador. De hecho, Jesús les dijo en cierta ocasión: “vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre” (Juan 8.44).

“Jesús no podía plantar la verdad en la tierra teniendo un liderazgo que vivía en el error”.

Debía, por tanto, preparar discípulos que fueran los encargados de llevar la verdad del Evangelio por todo el mundo. Observe la manera en que Jesucristo logró hacerlo: “Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir” (Juan 16.13).

Sólo después de ese acontecimiento sobrenatural, que ocurrió en Pentecostés, estos hombres comunes y corrientes tuvieron el manto divino con el cual pudieron difundir la verdad a todo pueblo, lengua, tribu y nación. Por supuesto que llevar la verdad por todo el mundo no hubiera sido un problema para Jesús, Él hubiera podido hacerlo sólo, pero la muerte en la cruz, para la redención de los escogidos, era un objetivo apremiante y debía comisionar a un equipo de discípulos que proclamara la verdad y liderara la Iglesia primitiva, la Iglesia invisible, la Iglesia eterna y gloriosa que jamás perecerá.

Ahora, permítame mostrarle el modelo de los ancianos para el liderazgo de la congregación, promovido por los doce apóstoles, una vez constituida la primera Iglesia.

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La iglesia como un cuerpo:
un llamado al trabajo en equipo

Antes de discutir sobre cómo los apóstoles implementaron el modelo de los ancianos en la Iglesia primitiva, es importante entender qué significa la Iglesia como un cuerpo.

En otro artículo titulado “¿Una iglesias a la moda? Cuando el marketing y la política son la estrategia“, expliqué que la Iglesia está muy lejos de ser una empresa, un organismo político o una fundación. Entonces, ¿cuál es la mejor forma de entender la estructura de la Iglesia? ¿Qué principios bíblicos muestran mejor el modelo de liderazgo que debería tener la congregación?

La Biblia menciona al menos cuatro metáforas para definir a la Iglesia: es un cuerpo vivo (Romanos 12.4-5; 1 Corintios 12.12), es la Esposa de Cristo (Efesios 5.25-27, compare con Mateo 25.1-13), es la casa de Dios (1 Timoteo 3.15) y es la Grey del Señor (Hechos 20.28, 1 Pedro 5.2-3 compare con Ezequiel 34.7-16). Permítame centrarme en la primera metáfora y definir así el propósito del liderazgo según este principio.

“Cuando decimos que la Iglesia de Cristo es un cuerpo vivo, estamos diciendo que es un organismo compuesto por diversos miembros que trabajan en interdependencia”.

Tanto las manos necesitan de los pies, como los ojos de la audición y así sucesivamente. Todos necesitan de todos y cada uno depende del buen funcionamiento de los demás. En 1 Corintios 12, Pablo nos muestra un cuadro de la importancia del trabajo en equipo, en el que cada miembro tiene una función específica:

“Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como Él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?”.

1 Corintios 12.15.19.

El punto en esta discusión es que la Iglesia de Corinto estaba enfrascándose en una disputa por el liderazgo. Cada uno buscaba una posición específica desde la cual pudiera sacar provecho. Algunos anhelaban los dones de liderazgo de los apóstoles, otros deseaban el don de liderazgo de los ancianos y maestros, y pocos consideraban la importancia de los miembros más pequeños, como puede notarse en el versículo 22 y 23 del mismo capítulo.

Sin embargo, como comenta Matthew Henry (1999):

“La diversidad de miembros en el cuerpo no es cosa accidental, sino que pertenece a la esencia misma del organismo, que requiere la pluralidad de miembros, lo mismo que la diversidad de las funciones orgánicas”.

Matthew Henry.

Es lamentable que muchas Iglesias contemporáneas no distingan la pluralidad de miembros y la diversidad de funciones. Olvidan que “si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?” (vs. 19). No imagino a la Iglesia como un grupo de piernas repartidas por todas partes o un grupo de ojos esparcidos por cada rincón. La Iglesia está llamada a ser un sólo cuerpo en funciones y liderazgo. Matthew Henry nos aclara esta discusión al decir que:

“La mutua necesidad de miembros de parecida categoría es tan obvia que no resulta difícil reconocerla. El ojo del supervisor u opískopos reconoce fácilmente la necesidad de la mano del diácono, del pie del evangelista y de la oreja del anciano consejero, pero es más difícil ver la necesidad que se tiene de miembros débiles y menos decorosos (vs. 22, 23): los pobres, los que desconocen la maraña de exégesis y de la teología, etc. Pero estos hermanos resultan, a veces, más necesarios que los exégetas. Cuando se desgastan las paredes de la capilla, por ejemplo, la aportación del hermano decorador es más urgente que la del maestro de la Escuela Dominical”.

Matthew Henry

Sólo imagine al cuerpo humano por un momento. ¡Es un organismo perfecto! Todo el sistema óseo es asombroso, pues sostiene los 650 músculos del cuerpo. Contamos con un sistema nervioso formidable con el cual podemos desarrollar todos nuestros sentidos. Somos tan complejos que un entendimiento profundo de nosotros mismos les lleva al menos seis años de estudio a los médicos. Y ni hablar del ADN, las células, el sistema respiratorio y el circuito neuronal con el cual nos movemos y pensamos. Somos un cuerpo, sí, pero con diversos mecanismos funcionales.

Es importante notar que, aunque somos un sólo cuerpo, hay cierto orden en la disposición de los miembros. Unos miembros están específicamente ubicados “como Dios quiere” para guiar y presidir todo el resto del cuerpo (1 Corintios 12. 18). Deténgase un momento en este punto y considere conmigo el modelo que los apóstoles establecieron para el cuerpo de Cristo en cada Iglesia local.

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Opískopos: llamados a presidir la Iglesia

En Hechos 11.30 se hace la primera mención de los hombres que servían como pastores y obispos (supervisores) de las Iglesias, es decir, un grupo de hombres piadosos que tenían la responsabilidad de dirigir a la congregación.

El contexto en el que se describe a los ancianos en este pasaje apunta a que algunos profetas de Jerusalén habían predicho que habría una gran hambre en aquel tiempo, por lo cual algunos discípulos enviaron socorro y alimentos a los hermanos que vivían en Judea. Este sustento fue enviado a los ancianos por manos de Bernabé y de Pablo. Note dos cosas: primero, la palabra ancianos está en plural y segundo, para ese momento se habían instituido pastores en dicha región.

Ahora, quiero poner sobre la mesa algunos pasajes que muestran el papel de los ancianos en el libro de los Hechos.

“Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la Iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés. Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto”.

Hechos 15.4-6.

Aquí hay una clara distinción entre el oficio apostólico, el oficio de los ancianos y el papel de la Iglesia. Como puede notar en el versículo 6, cuando se iban a determinar los asuntos importantes, se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer esos asunto.

“Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la Iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: a Judas que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos; y escribir por conducto de ellos: Los apóstoles y los ancianos y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia, salud”.

Hechos 15.22-23.

La elección de los varones que iban a ser enviados fue liderada por los apóstoles y ancianos, pero debía tener el visto bueno de la Iglesia. El papel de los ancianos era observar detalladamente el perfil de aquellos que desean servir como líderes, pero era deber de la Iglesia orar y ayunar para determinar si estas personas eran las que Dios llamó al ministerio. Veamos otro pasaje.

“Y al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardasen” (Hechos 16.4).

En esta cita se nos confirma que las ordenanzas para la Iglesia son acordadas por los ancianos y los apóstoles. ¡Pero cuidado! Hoy tenemos las ordenanzas en la Biblia, pues la revelación escrita cesó con el libro de Apocalipsis (vea Ap. 22. 18-19). Nadie puede poner otro fundamente que no sea Cristo y que no esté basado en la doctrina de los apóstoles y los profetas (1 Corintios 3.10-11; Efesios 2.20).

“El trabajo de los ancianos es velar por que la sana doctrina sea aplicada en la congregación”.

“Y al día siguiente, Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos” (Hechos 21.18).

Esta es la última mención de los ancianos en el libro de los Hechos. Aquí se menciona la importancia de contar con un equipo de ancianos y reunirse con frecuencia para salvaguardar la pureza, observar las ordenanzas, predicar y ejercer la disciplina de la Iglesia.

Como puede ver, el trabajo de los ancianos es vital para el crecimiento y funcionamiento del cuerpo de Cristo. De allí que Pablo en repetidas ocasiones hablara de la necesidad de establecer ancianos en cada Iglesia plantada.

“Y después de anunciar el Evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios. Y constituyeron ancianos en cada Iglesia, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor, en quien habían creído”.

Hechos 14.21-23.

A Timoteo y Tito les exhorta a establecer ancianos en la Iglesia a pesar de la fuerte oposición: “los ancianos que gobiernan bien sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar. Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos. 20A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman. Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad. No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro” (1 Timoteo 5.17, 19-22).

El versículo 21 es terrorífico: “Te encarezco delante de Dios, del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos”. En otras palabras: “Te lo pido por tu propia vida, pues has de dar cuenta a Dios por el manejo y liderazgo de su Iglesia”.

Finalmente, Pablo le da una orden divina a Tito, respaldada por el peso de su autoridad como apóstol de Cristo: “por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé” (Tito 1.5).

La Iglesia, el cuerpo vivo de Cristo, está llamada a aplicar los principios de liderazgo que se describen en la Palabra de Dios. Es un mandato divino, encargado del más alto Apóstol y Sacerdote, del Príncipe de los Pastores, Jesucristo.

Este artículo hace parte del libro Apacienta mis ovejas, escrito por Harold Cortés. Todos los derechos reservados.

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