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¿Una iglesias a la moda? Cuando el marketing y la política son la estrategia

Mucho del liderazgo de la Iglesia actual esta direccionado según las últimas tendencias en marketing, industria y política. Del mismo modo en que un software es actualizado año tras año para presentar nuevas alternativas de funcionamiento, muchas congregaciones están adoptando nuevas filosofías de ministerio con el ánimo de “renovar” el objetivo de la Iglesia y potenciar su visión. El liderazgo contemporáneo parece un programa computacional: se actualiza desde la versión original hacia una versión 3.0.

“Los tiempos han cambiado. Hay que estar a la moda, es necesario un cambio según los avances históricos, culturales y sociológicos de nuestro tiempo”, escucho decir con frecuencia. Sin embargo, nada ha hecho más daño a la Iglesia de Cristo que la implementación de nuevas tendencias en el liderazgo para producir crecimientos exponenciales, que disparen las cifras de asistencia, libros de membresía y diezmos.

“Los problemas más críticos de las congregaciones no provienen de ataques individuales a sus miembros, sino de ataques al liderazgo”.

Personalmente, creo que el diablo conoce muy bien la frase: “divide y vencerás”, y más aún: “confunde y vencerás”. Pero ¿necesita la Iglesia adoptar nuevas formas de liderazgo conforme pasan los años? ¿Por qué es común para muchas denominaciones pensar que es anticuado el modelo bíblico para dirigir la Iglesia de Cristo?

La respuesta depende de cada uno en particular. Algunos pastores y líderes, que a su vez se desempeñan como empresarios, dirán que es necesario actualizar el liderazgo de la Iglesia hacia un modelo empresarial. Otros pastores y líderes con inclinaciones políticas dirán que es vital actualizar el liderazgo de la Iglesia hacia un modelo político. Y otros pastores y líderes inmersos en el trabajo social asegurarán que es necesario actualizar el liderazgo de la Iglesia hacia un modelo similar al de las fundaciones sin ánimo de lucro.

Sin embargo, sólo aquellos pastores y líderes que estiman a la Biblia como su modelo final de liderazgo, mantendrán un estándar que jamás se desactualizará y que producirá gran bendición y desarrollo espiritual. Por tal motivo, permítame aclarar ciertos mitos que rondan entre los pasillos de la Iglesia y que han generado confusión. Empecemos por desarrollar esta pregunta: ¿es la Iglesia una empresa, un organismo político o una institución?

La Iglesia como empresa

Es normal que un líder o pastor se vea influenciado por su profesión, cualquiera que sea. Lo que no es normal es que esta persona use la Iglesia como su puesto de trabajo secular. Y con esto no quiero decir que el pastor o líder no pueda utilizar sus dones y conocimientos seculares para el beneficio de la Iglesia. La discusión se centra en que no es conveniente convertir a la Iglesia en el puesto de trabajo de un laico.

“La Iglesia tiene su propia estructura y principios, y deben respetarse para que cumpla la función por la cual Jesucristo la fundó”.

Cuando Jesús llamó a sus discípulos, estos lo dejaron todo para servirle a tiempo completo (Mateo 19.27). Es tanto así que Jesús llamó a los primeros discípulos para que se convirtieran en “pescadores de hombres” y, por lo tanto, se vieron ante el reto de darle un nuevo significado a su antiguo oficio como pescadores (Mateo. 4.19). Cristo los llamó a una labor específica y desafiante que era muy distinta a su profesión original. No imagino a Pedro usando redes de pescar para atrapar nuevos creyentes. Jesús pasaría tres años junto a estos hombres comunes, enseñándoles cómo se pescan hombres para el Reino de los Cielos.

Es común ver a pastores o líderes con habilidades en emprendimiento implementar un sistema empresarial en la Iglesia. Por ejemplo, las estructuras de estas congregaciones se desarrollan a partir de la asignación de un presidente y un vicepresidente. Por debajo de ellos, se encuentran los directores por departamentos, quienes tienen a su cargo a los jefes de área. Estos a su vez tienen a su cargo a los operarios y auxiliares.

He visto este modelo empresarial en varias congregaciones y, aunque a simple vista parece producir crecimientos exponenciales, a largo plazo puede hacer mucho daño a sus líderes y asistentes. De manera general, este modelo es adoptado para satisfacer el ego de los dirigentes y proveer un resultado numérico y financiero, mientras acomodan las verdades profundas del Evangelio según intereses particulares. Un interesante símil puede ser el siguiente:

Modelo empresarialModelo eclesial
PresidentePastor
VicepresidenteCo-pastor
Directores o EjecutivosLíderes de ministerio
Operarios y auxiliaresDiáconos

En muchos casos, este modelo le genera a las cabezas de la congregación mayor provecho con poco esfuerzo, gracias al trabajo voluntario de sus miembros y al marcado enfoque ministerial basado en marketing. Sin embargo, esta estructura olvida el principio vital del liderazgo que Jesús enseñó diciendo: “No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor” (Mateo. 20.26).

La Iglesia como organismo político

Otra tendencia actual es direccionar a la Iglesia hacia los nuevos movimientos políticos. Diversos grupos de líderes de diferentes denominaciones se enfocan únicamente en promover la justicia y la ley a través de actividades sociales dentro de la congregación.

“El modelo de Iglesia como un organismo político se enfoca en solucionar los problemas de orden público, mientras la labor vital y específica de La Gran Comisión es dejada en segundo plano”.

En este tipo de movimientos, es normal ver a pastores y líderes que no se enfocan en la oración y la Palabra de Dios (Hechos 6.2), sino que invierten gran parte de su tiempo en promocionar una campaña política para hacer el trabajo que los gobernadores, alcaldes y presidentes deben hacer. Los más preocupante del asunto es que muchos pastores que lideran estos esfuerzos no persiguen la justicia a nivel social, sino el lucro y la promoción de candidatos políticos que, a futuro, les garantizarán puestos de trabajo, favores y convenios interinstitucionales.

Tal vez usted dirá: “pero ¿acaso no enseña la Biblia acerca de trabajar por la paz y someternos a nuestras autoridades gubernamentales? Sí. Y comparto la idea de que, como creyentes, debemos no sólo obedecer a nuestras instituciones, sino velar porque ellas modelen la Palabra de Dios en cada proyecto público nacional. Pero hay una línea muy delgada entre reconciliar a la humanidad con Dios y consigo misma a través del Evangelio y desatender las necesidades del rebaño y la misión de la Iglesia por correr tras cargos públicos.

El apóstol Pablo escribió a los cristianos en Éfeso: “porque Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca porque por medio de Él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2. 14-20).

De nuevo, Dios no quiere que su Iglesia tome el lugar que le corresponde a los organismos políticos, ni tampoco llama a políticos para gobernar a su Iglesia, Dios llama a siervos comprometidos con la tarea de la Gran Comisión para restablecer la paz entre Dios y la humanidad.

La Iglesia como fundación

He escuchado a muchas personas decir que la Iglesia es comparable con una fundación. Sólo les hace falta terminar la frase y decir: “sin ánimo de lucro”. La Iglesia está muy lejos de ser una corporación humana para el trabajo exclusivamente social. De hecho, el mismo Dios se refiere a ella como su casa, “columna y sostén de la verdad” (1 Timoteo 3.15).

Una definición de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) para la palabra fundación es: “Organismo público o privado que ha sido fundado para desempeñar una determinada labor cultural, científica, política o social”.

“Considero firmemente que la Iglesia no es un organismo público ni privado, es el cuerpo de Cristo”.

Y tampoco ha sido creada para desempeñar una labor específica en materia cultural, política, científica o social, antes bien, su misión es impactar a la humanidad con el mensaje de las Buenas Nuevas de Salvación, produciendo arrepentimiento y fe en las personas para que crean en Cristo como su Señor y Salvador.

Este es el corazón de la labor eclesial. Jesús dijo a sus discípulos en el famoso discurso de Mateo 28. 18-20: “toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Toda potestad le fue dada a Cristo en los cielos y en toda la tierra para guiar a la Iglesia hacia la misión de hacer discípulos en todo el mundo a través de la enseñanza de los apóstoles y los profetas (Efesios 2.20).

Es la proclamación de la Palabra de Dios la que produce un cambio social, político y cultural, no al contrario. Cuando la Iglesia se enfoca exclusivamente en ser una fundación para el trabajo social, no logra impactar el alma de la comunidad a la que está sirviendo. Pero el mensaje de Cristo proclamado a la sociedad sí genera cambios sociales y culturales. ¿Se da cuenta?

No me mal interprete. La Iglesia debe trabajar por adentrase en la sociedad, pero debe procurar no convertirse en una institución para la gestión social, política y cultural, pues lo único que transforma a la humanidad y a todo el entramado social es una predicación fiel del Evangelio de Cristo, nada más.

Pablo lo dijo de esta manera: “porque no me avergüenzo del Evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego” (Romanos 1.16).

¿Podrían los líderes estar olvidando su tarea de equipar a los miembros de la congregación para el trabajo de la Gran Comisión? ¿Pueden los pastores estar más equipados para el trabajo social que para una predicación bíblica que genere impacto espiritual, motivando a los miembros a que salgan por todas partes predicando las Buenas Nuevas de Salvación

La respuesta es contundente: sí, lo están olvidando. Nadie está exento de equivocarse e incurrir en este tipo de enfoque. De hecho, cuando la Palabra dice en Hechos 6.2 que no era bueno que los apóstoles desatendieran la oración y la predicación de la Palabra para atender a las mesas, era porque existía la tentación de desenfocar el trabajo de liderazgo para atender las necesidades sociales del pueblo.

Sería conveniente evaluar nuestra posición como Iglesia y preguntarnos ¿es la Iglesia de Dios columna y baluarte de la verdad? ¿Es la Iglesia una empresa, un cuerpo político o una institución? O, por el contrario, ¿es un cuerpo vivo, el Cuerpo de Cristo y su esposa?

“El liderazgo 3.0, promovido por diversos autores célebres del mundo de los negocios, la política y el marketing, está produciendo líderes que saben mucho del mundo y muy poco de la Gran Comisión”.

Nuestra meta como siervos de Cristo es adoptar el modelo de liderazgo que Él ha propuesto en su Palabra, para administrar con total temor y reverencia las cosas santas del Dios eterno.

 Pablo escribió en 1 de Corintios 3. 10-13: “conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará”. Que nuestras obras sean dignas de toda alabanza para Dios.

Este artículo hace parte del libro Apacienta mis ovejas, escrito por Harold Cortés. Todos los derechos reservados.